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La ContraHistoria

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Valoracion
★★★★★
5
de
40 resenas
Categorias
Pais
United States
Este podcast tiene
175 episodios
Idioma
Spanish
Explicito
No
Fecha de creacion
2016/07/01
Ultimo episodio
2026/04/22
Duracion media
-
Frecuencia de publicacion
3 dias

Descripcion

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

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El Grand Tour
2026/04/22
Durante el siglo XVIII jóvenes aristócratas del norte de Europa, especialmente británicos, protagonizaron un fenómeno cultural conocido como el Grand Tour. Se trataba de un viaje iniciático por el continente que duraba entre uno y tres años, y que culminaba siempre en Italia. Muchachos de entre 16 y 22 años abandonaban la campiña inglesa para recorrer una ruta previamente establecida que pasaba por París, Ginebra, los Alpes, Turín, Milán, Venecia, Bolonia, Florencia, Roma y Nápoles. Regresaban con libros, grabados, colecciones de medallas, bustos romanos, lienzos y, sobre todo, con una idea nueva del mundo que les transformaba en auténticos gentlemen. El Tratado de Utrecht de 1713 hizo posible este viaje al crear unas condiciones de paz relativa en Europa. Gran Bretaña había emergido como potencia naval, las rutas se volvieron transitables y los puertos estaban abiertos. La nobleza británica, enriquecida por el comercio colonial y la incipiente revolución industrial, disponía del dinero y del tiempo necesarios para financiar semejante viaje. La logística implicaba cierta complejidad. Cada joven viajaba acompañado de un bear-leader, normalmente un cura anglicano culto que oficiaba de tutor. En Italia contrataban cicerones locales de habla inglesa, algunos llegaron a hacerse muy famosos como el alemán Johann Joachim Winckelmann. Las letras de cambio les permitían disponer de efectivo en la moneda local en cada escala, pero era un viaje lento. Cruzar los Alpes exigía desmontar el carruaje y subir el puerto a lomos de mula. Ya en Italia tenían que atravesar aduanas, alojarse en posadas no muy recomendables y pasar cuarentenas que podían retener al viajero durante semanas. El viaje era también muy costoso, de unas 800 libras al año, es decir, unos 200.000 euros actuales. París era la antesala, allí el joven aprendía modales, esgrima, baile y lengua francesa. Visitaba el palacio de Versalles y se codeaba con la nobleza local. Pero Italia era el destino final del viaje. Venecia les deslumbraba. Allí los ingleses descubrieron a Canaletto, cuyas vistas de la ciudad compraban con avidez. Florencia era la patria del Renacimiento y el laboratorio del gusto clásico, pero todo eran simples escalas antes de llegar a Roma. Los viajeros se alojaban junto a la plaza de España en un barrio que los romanos bautizaron como gueto de los ingleses. En Roma adquirían antigüedades y se hacían retratar con ruinas de fondo. La última parada era Nápoles, donde se acababan de descubrir las ruinas de Pompeya y Herculano. En Nápoles no tenían que evocar la antigua Roma, la veían con sus propios ojos. El mercado del arte floreció gracias a estos viajeros que iban con los bolsillos llenos. Marchantes como Thomas Jenkins enviaban a Inglaterra esculturas, mármoles y antigüedades, muchas de las cuales acabarían en el Museo Británico. Al regresar, estos lords reformaban sus mansiones siguiendo el estilo palladiano. Esa misma estética saltaría el Atlántico para convertirse en la arquitectura de prestigio de las trece colonias de Norteamérica. El declive llegó a finales de siglo con la revolución francesa y las guerras napoleónicas, que afectaron directamente a Italia y cerraron el continente para los británicos durante años. Décadas después llegó el ferrocarril, que dejó obsoletos los viajes a la antigua. El Grand Tour, reservado a los aristócratas, dio paso a los viajeros románticos y al turismo burgués. A mediados del siglo XIX era ya cosa del pasado, pero dejó una impronta imborrable en Italia y, sobre todo, en el Reino Unido. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:02 El Grand Tour 1:23:24 Los gulags soviéticos
Contra el Pesimismo con José Soto Chica
2026/04/21
Presenté "Contra el Pesimismo" en Santa Fe junto a su prologuista, José Soto Chica, en el curso de las III Jornadas de Literatura Histórica. La presentación estuvo francamente bien. Aparte de hablar sobre el libro, a lo que dedicamos la mitad de la presentación, pudimos sostener un interesante debate con los participantes. El libro lo podéis encontrar aquí: https://amzn.to/4m1RX2R
Dueños del mundo
2026/04/17
En el Madrid de 1576, flamante capital del Imperio de Felipe II, abundan las muertes y los duelos, pero cuando el alguacil Diego de Paz, veterano de los Tercios, se hace cargo del hallazgo de un cuerpo cruelmente torturado, sabe que se encuentra ante un crimen poco habitual. Se trata de un boticario con fama de alquimista, y conforme avance en sus investigaciones se encontrará con una peligrosa trama que apunta a altas instancias del poder. En la corte se mueven personajes como el secretario Antonio Pérez o la princesa de Éboli, cuando un nuevo asesinato sacude las conversaciones de plazas y mercados. El asesinado es Juan de Escobedo, hombre de confianza del hermanastro del rey, don Juan de Austria, que lucha en Flandes por mantener el poder real. La muerte sin descendencia del rey don Sebastián en la desastrosa jornada de Alcazarquivir supone para Felipe II aspirar al trono de Portugal, pero no será fácil. Una nueva guerra pondrá al duque de Alba al frente del ejército de tierra y al marqués de Santa Cruz al mando de la escuadra que luchará en el mar. José Calvo Poyato regresa con una nueva novela que nos transporta a uno de los periodos más ricos y apasionantes de nuestra historia: el de la mayor extensión del Imperio español. En ella conoceremos no solo a los grandes personajes y eventos de la época, también podremos asistir a la vida cotidiana en las calles del Madrid del Siglo de Oro, con sus mentideros, iglesias y tabernas, o a las salas y corredores de El Escorial y del Alcázar Real. El libro lo pueden encontrar aquí: https://amzn.to/4mENZin ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566
1625: el último sol del imperio español
2026/04/16
Conferencia de Hugo Cañete en las Jornadas de Literatura Histórica de Santa Fe. 1625 fue el año de las victorias, en el que la España imperial hizo alarde de la mayor maquinaria militar de su tiempo. Franceses, holandeses, ingleses, daneses, suecos y príncipes de otros estados se coaligaron con el objetivo de neutralizar a la potencia hegemónica, la Monarquía española. El imperio donde no se ponía el sol se vio atacado en tres continentes, dos mares y un océano. Mientras llevaba la iniciativa en Flandes, con el espectacular sitio de Breda, organizó la mayor fuerza anfibia de su tiempo, cinco tercios de infantería y casi sesenta navíos, y la proyectó al otro lado del Atlántico para recuperar la capital brasileña, Salvador de Bahía. Las armas españolas también acudieron en ayuda de la República de Génova y del valle de la Valtelina, guerras subsidiarias de Francia orquestadas por su materia gris, el cardenal Richelieu. Y aún tendrían que rechazar tres ataques más en San Juan de Puerto Rico, en Mina, actual Ghana, y en Cádiz. Eel historiador especialista en los tercios Hugo A. Cañete, especialista en los tercios, aborda con todo detalle el «año de los milagros» en su cuarto centenario. El libro lo podéis encontrar aquí: - "1625. El último sol del imperio español" de Hugo Cañete - https://amzn.to/4dU4zIW ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566
Propaganda: la fábrica de la mentira
2026/04/16
El nazismo no se sostuvo únicamente sobre la Gestapo y los campos de concentración. Lo hizo también sobre una formidable maquinaria de propaganda que convenció a millones de alemanes de que Hitler tenía razón en todo y el tercer Reich era el mejor de los mundos. Los cimientos de esta propaganda los encontramos ya en “Mein Kampf”, donde Hitler, obsesionado con la idea de que Alemania había perdido la Gran Guerra en la retaguardia y no en el frente, esboza un método tan simple como efectivo: dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación. Ese método lo pusieron en práctica nada más llegar al poder mediante el ministerio de Ilustración Popular y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, un filólogo y novelista frustrado que se convirtió en el demiurgo del imaginario del Reich. Tres palabras resumían aquello: emoción, repetición y enemigo. El enemigo por antonomasia era el judío, al que se culpaba de todos los males del país: de la derrota en la guerra, de la inflación, del desempleo, del bolchevismo y del capitalismo financiero. Sobre eso se levantaron mitos como el de la sangre y el suelo, la superioridad aria y el Führerprinzip, que convertía a Hitler en un mesías secular rodeado de una liturgia pagana filmada magistralmente por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”. La prensa opositora fue absorbida o cerrada y los periodistas obligados a seguir las consignas diarias del ministerio. La radio se convirtió en el mejor arma para llegar a las masas gracias al Volksempfänger, un receptor asequible que sólo retransmitía las emisoras del régimen. Alemania se convirtió, de hecho, en el país del mundo con más receptores de radio por habitante. El cine combinaba entretenimiento de mera evasión con películas puramente ideológicas. La literatura fue purgada de autores y estilos incómodos, lo mismo sucedió con la música, la pintura, la escultura y la arquitectura. El arte era un brazo más del sistema goebbelsiano, uno de los más importantes, La educación fue depurada, se incluyó en el temario la biología racial y se encuadró a los niños y adolescentes en las Juventudes Hitlerianas y la Liga de las Muchachas alemanas. Allí los niños aprendían a marchar, obedecer y, en ocasiones, delatar a sus propios padres. Los grandes rituales colectivos tuvieron su cumbre en los congresos de Núremberg, cuya sede Albert Speer transformó en una catedral de luz de Speer. En 1936, sólo tres años después de la llegada al poder de los nazis y coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, la máquina ya funcionaba a pleno rendimiento. Hacia el exterior también se proyectaba esa imagen dulcificada del régimen. Pero ahí no fue tan efectiva. Allá donde tenía que competir con la prensa libre se atascaba. Dentro de Alemania funcionaba a la perfección y lo siguió haciendo hasta el final de la guerra. Nos queda una lección incómoda. Los alemanes eran seguramente el pueblo más culto de Europa. La propaganda funcionó no porque fuese tosca, sino por todo lo contrario, era muy sofisticada, vestía el odio de deber patriótico y de sentimiento de pertenencia. Para hablar de este tema nos acompaña hoy Juanjo Ortiz, un divulgador histórico bien conocido entre los aficionados por su web, El cajón de Grisom, y autor de un magnífico libro sobre la propaganda nazi que publicó hace sólo unos meses.
Franco, Salazar y la OTAN
2026/04/09
Cuando la OTAN nació en abril de 1949 entre sus doce miembros fundadores figuraba Portugal, un país gobernado desde hacía casi dos décadas por el dictador António de Oliveira Salazar. España, en cambio, tuvo que esperar hasta 1982 para poder acceder. El franquismo y el Estado Novo portugués eran dos regímenes ideológicamente hermanos que compartían inspiración católica, corporativismo, partido único y desprecio por la democracia liberal. ¿Por qué admitieron a Portugal, pero no a España? La clave no está en la ideología, sino en lo que cada dictador hizo entre 1939 y 1945. Franco había recibido ayuda directa de Hitler y Mussolini durante la guerra civil, vistió su régimen con los ropajes fascistas de Falange, se reunió con el Führer en Hendaya y, sobre todo, envió la División Azul al frente ruso. Aquel gesto, pensado para saldar deudas pasadas manteniendo la ilusión de la neutralidad, se convirtió para los aliados en la prueba incontestable de que se había alineado con las potencias del Eje. Salazar jugó otra partida muy distinta. Practicó lo que los historiadores portugueses llaman "neutralidad geométrica”. Vendía wolframio a ambos bandos, pero mantuvo intacta la vieja alianza con Inglaterra. Cuando en 1943 Churchill invocó un tratado medieval para poder instalar bases en las Azores, Salazar cedió. Aquellas islas, situadas en mitad del Atlántico, resultaron decisivas para cerrar el agujero en el cazaban los submarinos alemanes. Portugal pasó así a estar, de forma muy discreta, del lado de los aliados. En 1945 se condenó explícitamente a Franco en la conferencia de Potsdam. Un años más tarde la recién fundada ONU recomendó la retirada de embajadores de Madrid y España quedó aislada internacionalmente. Portugal, en cambio, entró en la OTAN porque sin las Azores la alianza atlántica era inconcebible. Franco se conformó con los Pactos de Madrid de 1953 y con unas bases americanas que le permitieron normalizarse. La apariencia, las formas y la geografía marcaron la diferencia de dos dictaduras que, en casi todo lo demás, fueron de la mano. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566
Tercios, picas y burocracia
2026/04/09
Uno de los grandes debates historiográficos de las últimas décadas es el de la conocida como revolución militar que se produjo en los siglos XVI y XVII. La tesis la expuso el historiador escocés Michael Roberts en una conferencia de 1955. Según él esta revolución supuso el nacimiento del Estado moderno. La tesis de Roberts era realmente provocadora. Aseguraba que el arte moderno de la guerra hizo posible, y al mismo tiempo necesaria, la creación de esa maquinaria burocrática en la que todavía vivimos inmersos. Mantener ejércitos permanentes equipados con armas de fuego exigía recaudar impuestos de manera regular, llevar cuentas, organizar suministros y crear una administración profesional. La guerra, en suma, construyó al Estado, y no al revés. Pero el proceso arrancó antes de lo que Roberts pensaba. En el siglo XV los piqueros suizos acabaron con el monopolio del caballero medieval, y poco después Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, combinó picas y arcabuces en las batallas de Ceriñola y Garellano durante las guerras de Italia. De ahí nacieron los tercios españoles, unidades permanentes, profesionales y disciplinadas que dominaron los campos de batalla europeos durante casi siglo y medio. La escuela holandesa de Mauricio de Nassau introdujo después la disciplina romana, la instrucción sistemática y la contramarcha, codificándolo todo en manuales impresos que tuvieron gran difusión. Su discípulo más brillante fue Gustavo II Adolfo de Suecia, el llamado León del Norte, que aligeró el mosquete, uniformó a sus tropas, modernizó la artillería y adoptó formaciones más finas y móviles. Geoffrey Parker añadió en los años 70 una pieza más, la de la traza italiana, fortificaciones abaluartadas bajas y gruesas que resistían el fuego de cañón y convertían la guerra en una sucesión interminable de asedios. Eso obligaba a los príncipes a mantener ejércitos cada vez más numerosos. A esto se sumó la revolución naval con galeones y navíos de línea fuertemente artillados que permitieron proyectar el poder europeo por los océanos. El debate historiográfico posterior ha matizado mucho la tesis original de Roberts. Unos hablan de varias revoluciones sucesivas en lugar de una sola que se fueron encadenando lentamente. Otros invierten la causalidad, es decir, fue el Estado el que hizo a esos ejércitos, no al revés. Otros han demostrado que las cifras de soldados de la época están infladas. Otros que la caballería nunca murió sino que se transformó, y que la supuesta superioridad militar europea sobre otros continentes fue más un mito retrospectivo que una realidad hasta entrado el siglo XIX. ¿Hubo revolución? Si lo entendemos como un cambio súbito en el curso de una generación, no, no la hubo. Si en cambio pensamos en ello como una transformación estructural que cambió cómo aquellas sociedades se organizaban para guerrear y cómo financiaban sus guerras, sin duda sí que la hubo. De aquellos campos de batalla salieron los censos, los impuestos estables, las líneas de suministro y la burocracia. El Estado moderno, con todas sus virtudes y miserias, tiene parte de sus raíces en la pólvora del siglo XVII. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:29 Tercios, picas y burocracia 1:16:02 La operación Gomorra Bibliografía: “La revolución militar” de Geoffrey Parker - https://amzn.to/4std3ue “The Military Revolution Debate” de Clifford Rogers - https://amzn.to/48yhigD “The Military Revolution in Sixteenth-century Europe” de David Eltis - https://amzn.to/4vC7nkm “A Military Revolution?” De Jeremy Black - https://amzn.to/4c3LIKa
Guardianes de la moral
2026/04/03
A lo largo de la historia contemporánea se repite un mismo patrón, el de individuos o grupos se erigen en guardianes de la moral ajena, detectan una amenaza (real o imaginaria), la amplifican y desatan persecuciones que dejan tras de sí carreras destruidas y vidas arruinadas. El arquetipo del censor moderno es Anthony Comstock, un puritano de Connecticut que, tras la Guerra Civil, emprendió desde Nueva York una cruzada contra la obscenidad. En 1873 logró que el Congreso aprobara una ley que llevaba su nombre y que prohibía el envío por correo de material considerado indecente. Armado con esa legislación deliberadamente vaga y respaldado por algunos magnates, fundó la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, que persiguió a médicos, editores, galeristas y dramaturgos. Presumió de haber provocado quince suicidios y arruinado casi 3.700 vidas. Incluso obras de autores clásicos como Aristófanes, Bocaccio o Chaucer sucumbieron, las de los autores contemporáneos sufrieron hostigamiento y censura. El espíritu censor de Comstock tuvo su eco años más tarde en Hollywood con el Código Hays, un sistema de autocensura que durante más de treinta años dictó lo que podía mostrarse en pantalla. Quedaron desterradas la homosexualidad, las relaciones interraciales y cualquier transgresión de lo que se consideraba la moralidad adecuada. Las cláusulas de moralidad en los contratos controlaban también la vida privada de los artistas. El macartismo reprodujo luego el mismo esquema: una amenaza difusa, un aparato institucional complaciente y el señalamiento de los “inmorales". Lo más inquietante es que el fenómeno no ha desaparecido, de hecho se ha amplificado y afecta ahora a ambos lados del espectro político. Las redes sociales han creado un ecosistema donde la indignación moral es moneda de cambio. Derecha e izquierda despliegan sus propias cruzadas moralistas. Unos retiran libros de bibliotecas, otros imponen criterios de género y raciales con cláusulas contractuales más severas que las de 1914. El mecanismo es idéntico al de los censores de la época de Comstock. A ello se debe responder con coraje, sentido común y humor frente al fanatismo de quienes pretenden silenciar la libertad de expresión. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566
Apolo, el gran salto
2026/04/02
La Luna siempre ha estado ahí, aparentemente a tiro de piedra. Se encuentra a una media de 384.000 kilómetros, lo que la convierte en el único cuerpo celeste que nuestros antepasados podían contemplar con detalle a simple vista. Eso hizo de ella territorio de sacerdotes, poetas y astrólogos durante miles de años. Sus fases regulares, ese ciclo de 29 días y medio, sirvieron para medir el tiempo mucho antes de que nadie entendiese la mecánica orbital. Calendarios lunares los hay por todas partes, desde el chino hasta el musulmán, pasando por el modo en el que los cristianos fijan la fecha de la Semana Santa. Llegar a pisarla ya era otra historia. La odisea empezó con la Segunda Guerra Mundial y los cohetes V-2 que Wernher von Braun desarrolló para el Tercer Reich. Acabada la contienda, estadounidenses y soviéticos se llevaron a los ingenieros alemanes. Von Braun acabó en Alabama trabajando para el ejército de Estados Unidos. Durante años su trabajo avanzó lentamente hasta que el 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik. Aquella esfera que pitaba desde el espacio provocó la estupefacción de los estadounidenses. Los soviéticos repitieron con la perra Laika y luego con Yuri Gagarin, el primer ser humano en orbitar la Tierra. Estados Unidos iba siempre un paso por detrás. Entonces apareció Kennedy. Joven y ambicioso, vio en la Luna un proyecto casi de ciencia ficción en el que todos estaban de acuerdo. En mayo de 1961 anunció ante el Congreso que un estadounidense pisaría la Luna antes de que terminase la década. Era una promesa temeraria porque en aquel momento la experiencia tripulada de la NASA se reducía al vuelo suborbital de quince minutos de Alan Shepard. Nadie sabía cómo llegar a la Luna. Nadie tenía el cohete. Nadie estaba seguro de que fuera posible. Los programas Mercury y Gemini fueron la escuela. Con el Mercury aprendieron que un ser humano podía sobrevivir en el espacio. Con el Gemini ensayaron todo lo necesario para la misión lunar: acoplamientos, paseos espaciales, maniobras orbitales. El programa para llegara a la Luna la NASA lo bautizó Apolo. Adoptaron el perfil de misión propuesto por el ingeniero John Houbolt y Von Braun construyó el Saturno V, un monstruo de 110 metros de altura capaz de poner 45 toneladas camino de la Luna. Hubo tragedias. El incendio del Apolo 1 mató a tres astronautas en enero de 1967 y obligó a rediseñar la cápsula entera. Hubo también momentos gloriosos. El Apolo 8 llevó a tres hombres a orbitar la Luna en la Navidad de 1968. Y el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron con el módulo Eagle hasta el mar de la Tranquilidad. Seiscientos millones de personas lo vieron en directo por televisión. Le siguieron seis misiones más, hasta el Apolo 17 en diciembre de 1972. Trajeron 382 kilos de rocas, desplegaron instrumentos, algunos incluso siguen funcionando hoy y cambiaron para siempre nuestra comprensión del sistema solar. Las huellas de aquellos doce hombres permanecen intactas en el regolito lunar ya que en la Luna no hay viento ni lluvia que las borre. Esperemos que quienes lleguen después las respeten. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:49 Apolo, el gran salto 1:25:38 El origen de las cofradías de Semana Santa Bibliografía: “El programa Apolo” de Peter Duke - https://amzn.to/4mditYO “La carrera espacial” de Ricardo Artola - https://amzn.to/4bKYmNW “Apolo 11” de Eduardo García Llama - https://amzn.to/4scvjaX “Los otros vuelos a la Luna” de Rafael Clemente - https://amzn.to/4sQJrI8
El New Deal
2026/03/27
El New Deal nació en lo peor de la gran depresión. En 1933 Estados Unidos llevaba tres años y medio hundiéndose en la peor crisis económica de su historia. Bancos cerrados, fábricas paradas, desempleo del 25% y colas del pan que daban la vuelta a la manzana. En ese escenario llegó Franklin Delano Roosevelt con algo que no era exactamente un plan, sino más bien una actitud: había que hacer algo. Lo que fuera. Ya. Y ese algo fue el New Deal. No se trataba de un programa coherente salido de un laboratorio de ideas, sino de una avalancha de leyes, agencias y experimentos, muchos de ellos improvisados y aprobados a toda velocidad. Eso hizo que algunos se contradijesen entre sí tanto en su planteamiento como en sus consecuencias. Se sustanció en una sopa de letras de organismos, programas y administraciones que ni sus propios creadores entendían del todo pero que algunos han durado hasta el momento presente. El primer New Deal, entre 1933 y 1935, fue de emergencia. Se estabilizó el sistema financiero, se abandonó el patrón oro (se prohibió incluso la tenencia privada de oro), se crearon programas de empleo y se intentó poner de acuerdo a empresarios y trabajadores con la intermediación del Estado federal. Algo parecido al corporativismo fascista, aunque a Roosevelt esa comparación no le gustaba nada. El segundo New Deal llegó 1935 y se concentró en la reforma social. La Seguridad Social, la Wagner Act (que consagró el derecho de los trabajadores a sindicarse), la WPA que empleó a millones de personas para construir todo tipo de infraestructura. Algunas de las leyes que acompañaron a todo el proceso fueron incluso declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo que Roosevelt quiso poner de su lado con una polémica reforma que el Congreso rechazó. ¿Funcionó? A medias. Alivió algunos efectos de la gran depresión, modernizó la infraestructura del país, quizá salvó a la estadounidense de de algo peor. Pero no acabó con la crisis. Eso lo hizo la segunda guerra mundial, que proporcionó el nivel de gasto que Roosevelt nunca se atrevió a alcanzar en tiempos de paz. Lo que si consiguió fue cambiar para siempre la relación entre el ciudadano y el Estado. Los americanos de 1930 no esperaban nada del gobierno. Los de 1940 esperaban pensiones, regulaciones y empleo público. Ese cambio fue más duradero que cualquier de sus leyes, tanto que se mantiene casi un siglo después. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566
Las guerras de Italia
2026/03/26
Las guerras de Italia fueron el gran conflicto que marcó a Europa en la primera mitad del siglo XVI. Entre 1494 y 1559 Francia y España combatieron sin cuartel por el control de una península que lo tenía todo: riqueza, posición estratégica idónea en el centro del Mediterráneo, prestigio, cultura y al Papa. La Italia de la época era muy próspera y, sobre todo, estaba fragmentada en un mosaico de pequeños principados enfrentados entre sí. Una presa irresistible para las grandes monarquías que se estaban consolidando en Europa occidental. La chispa la encendió Ludovico Sforza, el regente de Milán, que tuvo la brillante idea de invitar a Carlos VIII de Francia a intervenir en los asuntos italianos. Fue como abrir la caja de Pandora. El monarca francés cruzó los Alpes en 1494 con 30.000 hombres y una artillería que pulverizaba las murallas medievales en cuestión de horas. Conquistó Nápoles casi sin oposición, pero no pudo retenerlo. Se formó una coalición en su contra y tuvo que marcharse. El propio Sforza, que había llamado al lobo, terminó devorado por él. Los franceses le derrocaron y murió preso en Francia. A partir de ahí se sucedieron las guerras con una endiablada cadencia. Años más tarde Luis XII se hizo con Milán pero perdió Nápoles frente al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que en batallas como Ceriñola y Garellano demostró que las armas de fuego portátiles como los arcabuces habían cambiado las reglas de la guerra para siempre. El Papa Julio II montó y desmontó alianzas con una facilidad pasmosa: primero contra Venecia, luego contra Francia. Francisco I recuperó Milán en Marignano, pero Carlos V se lo arrebató en Pavía, donde el propio rey francés fue capturado. Se lo llevaron preso a Madrid y le obligaron a firmar un tratado que repudió en cuanto regresó a Francia. La cosa fue a más. En 1527, las tropas imperiales saquearon Roma, un episodio que escandalizó a la cristiandad y que tuvo consecuencias inesperadas. El Papa, sometido a Carlos V, no se atrevió a anular el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, lo que provocó el cisma anglicano. Francisco I, desesperado, llegó a aliarse con el sultán otomano. Las guerras terminaron con la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559. Los reyes de Francia renunciaron a Italia dejando a los de España como amos de la península. Pero estos 65 años de guerras habían transformado mucho más que el mapa de Italia. Aquello fue toda una revolución militar. La caballería medieval fue sustituida por los tercios de arcabuceros y piqueros, la artillería obligó a reinventar las fortificaciones y los ejércitos se profesionalizaron. Esas mismas técnicas viajaron a América, donde los conquistadores españoles emplearon los arcabuces y las tácticas aprendidas en Italia. La plata americana financiaba a su vez las guerras italianas. La monarquía española salió convertida en el árbitro europeo y en esa condición se mantendría durante un siglo. Toda Italia pasó a la órbita española, pero la península había perdido ya su peso específico porque las grandes rutas comerciales se habían desplazado a los océanos. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:35 Las guerras de Italia 26:07 “Contra el pesimismo”… https://amzn.to/4m1RX2R 1:16:09 Portugueses y holandeses Bibliografía: “Carlos V, el césar y el hombre” de Manuel Fernández Álvarez - https://amzn.to/4c7aWXL “La revolución militar” de Geoffrey Parker - https://amzn.to/4bJKORy “Del arte de la guerra” de Nicolás Maquiavelo - https://amzn.to/4t62de7 “Los Tercios” de René Quatrefages - https://amzn.to/4bKYprF
¿A qué votan los jóvenes?
2026/03/25
Por aclamación popular mi hijo Gabriel vuelve al canal, pero esta vez solo para los patronos, fans y miembros del canal de YouTube. Gabriel tiene 18 años y este será el primer año que pueda votar. No tiene claro que lo vaya a hacer, pero algunos de sus amigos y conocidos si. Esto es lo que me ha contado al respecto.
El colapso de la URSS
2026/03/19
La disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas constituye uno de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX, comparable en magnitud a las dos guerras mundiales o a la Revolución bolchevique que dio origen al propio Estado soviético en 1917. En apenas seis años, entre 1985 y 1991, un imperio que se extendía desde el Báltico hasta el Pacífico y que había mantenido en vilo al mundo entero durante las más de cuatro décadas de Guerra Fría se desmoronó sin que mediase una guerra convencional, una invasión exterior o una revolución. Lo que hubo fue algo más complejo: una combinación de reformas mal calculadas, presiones económicas insostenibles, el despertar de nacionalismos largo tiempo reprimidos y una élite dirigente que había perdido la fe en su propio proyecto. Todo comenzó con la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder en marzo de 1985. Gorbachov era un hombre joven para los estándares del Kremlin, enérgico y convencido de que el sistema soviético podía reformarse desde dentro sin necesidad de abandonar el socialismo. Sus dos grandes programas, la perestroika y la glasnost, pretendían modernizar la economía y abrir un espacio de transparencia informativa. Lo que Gorbachov no previó fue que ambas reformas, lejos de fortalecer al Estado, terminarían por acabar con él. El proceso no fue uniforme ni predecible. Las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) fueron las primeras en independizarse. En el Cáucaso, la violencia étnica entre armenios y azeríes preludió que la coexistencia de los tiempos de la URSS saltaría por los aires. Moldavia, Ucrania y Bielorrusia siguieron caminos más lentos pero igualmente irreversibles. En Asia Central, las tensiones adoptaron formas distintas, se produjeron algunos enfrentamientos étnicos y la clase dirigente de la época soviética sobrevivió cambiando de chaqueta. Las huelgas de los mineros del Donbás y de Siberia en 1989 pusieron de manifiesto que el descontento no se limitaba a las periferias nacionales, sino que había calado también en el corazón de la clase obrera rusa, aquella que supuestamente era la base del régimen. La crisis alcanzó su punto de no retorno en 1991. Boris Yeltsin, elegido presidente de la Federación Rusa, se convirtió en el principal rival interno de Gorbachov. El intento de golpe de Estado de agosto de 1991, protagonizado por un grupo de inmovilistas del Partido y de su aparato de seguridad, terminó en un fracaso estrepitoso que aceleró el proceso de disolución. Tras el golpe fallido, las repúblicas soviéticas declararon su independencia una tras otra, como fichas de dominó cayendo sobre un tablero que ya nadie controlaba. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov dimitió como presidente de la URSS y la bandera roja con la hoz y el martillo fue arriada del Kremlin por última vez. La Unión Soviética había dejado de existir. Las consecuencias fueron enormes y perduran hasta hoy. Económicamente, la transición resultó caótica y dolorosa. Los conflictos postsoviéticos (desde Chechenia hasta Transnistria pasando por Nagorno-Karabaj y Georgia) se mantuvieron encendidos durante décadas y aún no han terminado del todo. La historiografía ha debatido extensamente las causas de la caída. Unos insisten en el peso de los factores estructurales, otros señalan las decisiones personales de Gorbachov, y no faltan quienes apuntan al papel decisivo de la presión internacional y la carrera armamentística. Lo cierto es que la disolución de la URSS cambió el mapa del mundo y sus efectos siguen configurando la geopolítica del siglo XXI. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:08 El colapso de la URSS 33:20 O2 - http://o2online.es/ 1:25:09 Los mercenarios
La notación musical
2026/03/19
La notación musical es uno de los grandes logros de la civilización humana: un esfuerzo milenario por capturar el sonido efímero y transmitirlo a través del tiempo y el espacio. Los vestigios más antiguos provienen de Mesopotamia, se han encontrado tablillas cuneiformes del siglo XIV a.C. que contenían instrucciones musicales. Pero fue en la Grecia antigua donde surgió el primer sistema articulado y basado en letras del alfabeto para representar alturas. De esa época conservamos piezas como el Epítafio de Sícilo, la composición completa más antigua que existe. Durante la Edad Media la expansión del canto gregoriano creo la necesidad de fijar melodías por escrito. Así nacieron los neumas, pequeños signos gráficos sobre los textos litúrgicos que indicaban el contorno melódico, aunque sin precisar las alturas exactas. La gran revolución llegó con Guido d’Arezzo, que sistematizó el uso de cuatro líneas horizontales (el tetragrama) para ubicar las notas con precisión. También inventó la solmización con sílabas (Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La), las notas que seguimos utilizando y que son la base del solfeo actual. Sus innovaciones redujeron el aprendizaje de los cantores de diez años a uno o dos. El siguiente reto fue representar la duración de las notas. Franco de Colonia, en el siglo XIII estableció que la forma gráfica de cada nota indicara su valor rítmico dando origen a la notación mensural. En el siglo XIV, Philippe de Vitry amplió el sistema con divisiones binarias y ternarias prefigurando los compases modernos. La imprenta y la posterior estandarización de la barras de compás, armaduras e indicaciones de tempo consolidaron el sistema que usamos hoy. El siglo XX trajo nuevos desafíos musicales como el dodecafonismo, las notaciones gráficas y la música electrónica. Todo ello obligó a los compositores a reinventar la notación. Hoy, la tecnología digital ha dejado la partitura tradicional, pero ha abierto posibilidades que el papel jamás pudo ofrecer. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566
El fin del Antiguo Egipto... con José Soto Chica
2026/03/13
La antigua civilización egipcia duró tres milenios, pero desapareció en un periodo de tiempo mucho más corto. Tras perder la independencia y pasar a formar parte del imperio romano la lengua, la cultura y la religión de los egipcios fue desapareciendo de forma paulatina en los primeros siglos de nuestra era. Trajano fue el último emperador que se presentó como faraón y, con la llegada del cristianismo, lo que había sido el panteón de los antiguos egpcios pasó a mejor vida. La lengua se mantuvo en el copto, que aún hoy se emplea como lengua litúrgica de esta confesión cristiana. El resto no duró más allá del siglo V. Se olvidaron los jeroglíficos (que serían descifrados en el siglo XIX por Champollion) y los templos o fueron destruidos o se abandonaron. En esta segunda conferencia que José Soto Chica y yo dimos en El Cairo con motivo del VI ContraViaje hablamos de este tema y lo desarrollamos con detalle.

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5 de 5
40 resenas
★★★★★
vma2020 2024/05/21
Gracias por este magnificent programs.
gracias por el programa. Greetings from California , USA.
★★★★★
Jeliasc 2018/09/23
Contra historia
Excelente programa - lo disfruto mucho.
★★★★★
Vasco de Gama (alta) 2018/06/14
Gracias!
Genial, y muy ameno. Da gusto oírlo desde el Midwest americano
★★★★★
Incitatus1973 2017/12/11
Muy educativo, gran contenido y mucha cultura
Me encanta la historia y este podcast brinda los temas más importantes de la historia mundial pero no como nos la quieren hacer creer. Es altamente ...
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