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Valoracion
5de
Este podcast tiene
823 episodios
Idioma
SpanishExplicito
No
Fecha de creacion
2019/08/01
Ultimo episodio
2026/10/17
Duracion media
8 min.
Frecuencia de publicacion
3 dias
Descripcion
Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.
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805.
2026/10/17
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en una casona de muros agrietados oculta tras la bruma de un valle sin nombre, un rosal silvestre que florecía con una intensidad casi sobrenatural: sus flores eran de un carmesí tan oscuro que parecía absorber la luz de la tarde.
Allí vivía Clara. Nadie en los alrededores recordaba cuándo había llegado, ni su voz se escuchaba jamás en los mercados del pueblo. Solo se sabía de ella por la silueta que recortaba el crepúsculo. Cada atardecer, con una puntualidad litúrgica, Clara salía al patio de piedra, arrancaba un único pétalo terso y se lo llevaba a los labios. Lo sostenía allí, cerrando los ojos mientras bebía de su savia fría y aromática. Había heredado la costumbre de una estirpe de mujeres olvidadas, portadoras de un antiguo proverbio: cuando una mujer besa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma.
Para Clara, aquel no era un simple gesto de consuelo; era un rito de pertenencia, un lazo que ataba su alma a su propia carne para que nada externo pudiera jamás quebrarla ni poseerla.
Un otoño, el silencio de la colina se rompió con la llegada de Mateo, un restaurador de mapas antiguos fascinado por los parajes que no figuraban en las cartas oficiales. Se instaló en una cabaña cercana, buscando la quietud necesaria para descifrar pergaminos velados por el moho.
La primera vez que Mateo la vio a través de la penumbra del jardín, el tiempo pareció detenerse. Clara estaba inmóvil, con los ojos cerrados y el pétalo entre los labios, rodeada de una quietud tan honda que el viento parecía no atreverse a rozarla. No había en ella rastro de soledad ni de espera; desprendía la fascinante autosuficiencia de los mitos. Mateo, habituado a perseguir enigmas sobre el papel, sintió una devoción inmediata y desconcertante.
Comenzaron a encontrarse en el linde de los terrenos. Al principio fueron miradas; luego, palabras escasas que flotaban en el aire como ceniza. Clara hablaba con una serenidad que a Mateo le erizaba la piel: nunca prometía nada, nunca pedía nada. Era entera, intocable.
Una noche, cuando la niebla bajó hasta cubrir los rosales, Mateo no pudo contener la pregunta que llevaba semanas rondándole el pecho:
—¿Por qué cada tarde tomas ese pétalo?
Clara lo miró con unos ojos que parecían guardar memorias de otros siglos, y rozó con sus dedos el borde de sus propios labios.
—Cuando una mujer chupa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma —susurró—. Quien no sabe besarse a solas, busca que otro lo habite como a una casa vacía. Yo nunca he estado vacía. Y nadie que no comprenda eso podrá jamás tocarme.
Mateo dio un paso hacia ella, vencido por un amor que rozaba el fervor.
—No quiero poseerte ni romper tu muralla, Clara. Solo quiero ser testigo de tu fuego.
Clara lo contempló en silencio, con una extraña ternura teñida de despedida, y por primera vez sonrió. Desprendió un pétalo del rosal, lo colocó entre sus labios y luego, tomando el rostro de Mateo con manos sorprendentemente gélidas, lo besó.
El beso fue tibio, embriagador, con un regusto metálico y dulce que le nubló los sentidos a Mateo. Sintió que caía en un pozo sin fondo donde el tiempo se disolvía.
A la mañana siguiente, Mateo despertó sobre la hierba húmeda del jardín. El sol apenas despuntaba entre la niebla. La casona de Clara estaba silenciosa, con las puertas abiertas de par en par. Cuando entró a buscarla, no encontró muebles, ni ropas, ni huellas sobre el polvo fino del suelo; el lugar parecía deshabitado desde hacía más de un siglo.
Clara no estaba. Nadie en el valle volvió a verla jamás.
Sin embargo, Mateo nunca pudo marcharse. Se quedó a vivir en la casona vacía, cuidando el rosal silvestre con una devoción callada. Y los pocos viajeros que cruzaban el sendero al caer la tarde contaban una historia inquietante: aseguraban que, entre la bruma del crepúsculo, se veía a Mateo inmóvil junto a las ramas espinosas, con los ojos cerrados y un pétalo carmesí entre los labios, sonriendo con la misma paz inexplicable de quien ha descubierto el secreto, sin saber si Clara fue una mujer que lo enseñó a amarse, o si ella, al fin, había aprendido a existir dentro de él.
804. Los Cangrejos
2026/10/14
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, a orillas de un viejo muelle de madera desgastada por la sal y el tiempo, un viejo pescador que descargaba su faena al caer la tarde. Entre redes húmedas y cabos enrollados, colocó sobre los tablones una cubeta metálica, honda y sin tapa, que resonaba con el rumor constante de pinzas y caparazones.
Un caminante que pasaba por allí, curioso al ver la vasija repleta de cangrejos vivos que bullían unos sobre otros, se detuvo alarmado.
—¡Buen hombre! —advirtió con prisa—. Debe tapar ese recipiente de inmediato. El borde está muy cerca; si no lo cubre, en cualquier descuido treparán y se le escapará toda la pesca.
El pescador sonrió con la calma de quien conoce los secretos del agua y las flaquezas de la tierra. Negó despacio con la cabeza y señaló el interior del balde.
—Mire con atención —le dijo con voz reposada—. En este balde no hace falta tapa ni cerrojo alguno.
El caminante se asomó. En el fondo, entre la maraña de patas y miradas inquietas, un cangrejo vigoroso había encontrado un saliente en el metal. Con esfuerzo paciente comenzó a elevarse sobre los demás. Escaló paso a paso, dejando atrás la penumbra del fondo, hasta alcanzar casi el borde exterior, donde ya soplaba la brisa fresca del mar y se divisaba la libertad.
Pero justo cuando estiraba una de sus tenazas para asomarse al mundo libre, los que estaban abajo advirtieron su ascenso. Ninguno intentó imitar su esfuerzo ni buscar una salida propia; en su lugar, varias pinzas se alzaron con furia ciega, aferraron sus patas traseras y tiraron con fuerza despiadada. El cangrejo resbaló y cayó de golpe al fondo, devuelto a la misma trampa colectiva.
—¿Lo ve? —comentó el pescador—. No necesito gastar madera ni cuerda para retenerlos. Basta con que uno solo intente progresar para que los demás se unan en una sola labor: derribarlo. Nadie sube, nadie sale, todos se hunden juntos.
Ese balde de pescador no es más que el espejo de un mal antiguo que camina entre las personas: la envidia.
En la vida cotidiana, cuando alguien decide trepar con esfuerzo, aprender algo nuevo, emprender un camino distinto o asomarse a una vida más luminosa, rara vez encuentra la resistencia de los muros. El verdadero obstáculo suele ser el coro de quienes se quedaron abajo. El envidioso no sufre porque le falten fuerzas para subir; su tormento nace de ver que otro sí tiene la valentía de elevarse. No busca su propia libertad, sino la mediocridad compartida: prefiere que todos se queden atrapados en la cubeta antes que celebrar el triunfo ajeno.
Quien comprende esta lección aprende dos cosas: a no gastar energía intentando apagar la luz de quien avanza, y sobre todo, a no permitir jamás que las pinzas de la amargura ajena lo jalen de vuelta al fondo cuando ya roza la orilla de su propio horizonte.
El visitante guardó silencio durante un largo rato, mirando fijamente el fondo metálico donde el cangrejo caído yacía inmóvil, confundido entre las sombras de los demás. La brisa marina traía un olor a salitre y a viaje lejano, pero dentro de aquella cubeta el aire parecía espeso, viciado por el empeño inútil de retenerse mutuamente.
Con las manos apoyadas en el borde de madera del muelle, el hombre suspiró y habló en voz baja, casi para sí mismo:
—Qué ceguera tan triste, patrón... He pasado años creyendo que las jaulas más difíciles de romper son las que tienen barrotes de hierro o cerrojos pesados. Pero la peor prisión no necesita rejas; se sostiene sola cuando los prisioneros se convierten en sus propios carceleros.
Apartó la mirada del balde y la clavó en el horizonte abierto del mar, donde las olas rompían libres contra los pilotes.
—Pensaba en cuántas veces he visto esto lejos del agua. En cuántas familias, talleres o pueblos enteros la gente prefiere ahogarse en la queja antes que dejar que uno de los suyos prospere. Si tan solo uno lograra salir, marcaría el camino para todos. Pero la envidia no tiene visión de futuro; solo tiene rencor de presente. Prefiere la ruina compartida a la dicha ajena.
El caminante se enderezó, miró una última vez la cubeta y luego al anciano pescador, asintiendo con una mezcla de amargura y determinación.
—Me voy con una advertencia grabada en el pecho: cuando me toque escalar hacia la luz, tendré que subir rápido y sin mirar atrás. Y cuando me toque estar en el fondo, tendré que vigilar mis propias manos, no sea que en un descuido de amargura se me conviertan en pinzas y termine jalando hacia abajo a quien solo intenta encontrar la salida.
803. El faquir
2026/10/10
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en los confines de un antiguo y suntuoso reino de la India, un soberano llamado Cafio que creía haberlo visto todo. Sin embargo, los rumores que corrían de aldea en aldea hablaban de un hombre extraordinario: un faquir errante cuyos prodigios desafiaban las leyes de la carne y de la muerte. Era un ser único que podía tener poderes sobre el cuerpo que nadie podía imitar.
El rey, intrigado y escéptico a partes iguales, ordenó que lo trajeran a su corte de mármol y sedas. Cuando el asceta estuvo frente al trono, con ropas humildes pero con la mirada fija y serena de quien conoce los abismos del espíritu, le dijo al rey. Su majestad me ha mandado a llamar, para que me necesita
el monarca le preguntó:
—¿Cuáles son esas proezas que en tu nombre se pregona por mis tierras y que se dice que nadie en el mundo es capaz de igualar.
—Muchas, majestad —respondió el faquir con una inclinación pausada—. Entre ellas, el dominio absoluto sobre el aliento. Puedo reposar en el vientre de la tierra durante meses, o tal vez años, sin que la vida me abandone. Creo que nadie en el mundo podría hacer eso.
El rey sonrió con malicia y lanzó el desafío definitivo:
—¿Podrías permanecer sepultado diez inviernos y diez veranos, y emerger con vida?
—El faquir simplemente sonrió y con una mirada altiva le contesto sin titubear. Sin duda alguna, majestad
—Si lo logras —decretó el monarca ante sus cortesanos—, el día en que seas desenterrado te llevare a un templo que construire para ti en las montañas donde podrás orar y meditar a tu gusto. El faquir simplemente sonrio de nuevo sin mostrar ninguna otra emoción.
Se dio la orden de inmediato. En los jardines del palacio se cavó una fosa profunda, fría y oscura, y se mandó forjar un pesado féretro de plomo, impenetrable al aire y al agua. Antes de entrar en la oscuridad, el faquir se dirigió a la multitud. Con voz pausada y magnética, disertó sobre el desapego terrenal, la elevación del alma sobre los apetitos del mundo y el sagrado autodominio que hace posible trascender la materia. Su sabiduría conmovió tanto a nobles como a sirvientes; nadie dudó ya de que se encontraban ante un auténtico santo.
El hombre entró en el sarcófago, los sellos se cerraron con fuego y la fosa fue cubierta con toneladas de tierra. Por diez años completos, una guardia real custodió el lugar noche y día, viendo pasar lluvias, sequías y soles inclementes. Todos en el reino creían con certeza que bajo aquel suelo solo reposaba polvo y olvido; nadie esperaba volver a ver respirar al asceta.
Cumplido el décimo año, el pueblo entero acudió al sepulcro ya que todos habían esperado por mucho tiempo ese momento. Con solemnidad fúnebre removieron la tierra, esperando descubrir únicamente un montón de huesos y harapos. Rompieron los sellos y abrieron la tapa.
Para asombro de todos, el cuerpo yacía intacto, rígido y frío en una profunda catalepsia. Tras unos instantes al aire libre, un estremecimiento recorrió sus extremidades. El pecho se hinchó con una bocanada de aire profundo, los ojos se abrieron de golpe, luminosos y vivaces, y de un salto ágil el hombre se puso en pie.
Miró a su alrededor con urgencia feroz y gritó:
—Donde esta mi templo.
Un silencio helado cayó sobre el jardín. Nadie se movió.
El faquir repitió el reclamo, pero los soldados que lo rodeaban no vestían las libreas de seda púrpura que él recordaba, sino capas de cuero oscuro y armaduras toscas de un reino desconocido. Los guardias retrocedieron con las lanzas en alto, atónitos ante aquel espectro que salía de aquella tumba
Entre ellos dio un paso al frente un hombre mayor, vestido con túnicas de campesino, que lo contemplaba con los ojos desorbitados de quien ve a un muerto caminar.
—Hombre loco... —susurró el anciano—. ¿De qué rey hablas. Al tercer año de tu entierro, los ejércitos del norte invadieron la ciudadela. El palacio fue saqueado, el tesoro real confiscado hasta la última piedra, y el rey al que desafiaste murió en el asedio hace siete inviernos. Eres el único que aún recuerda aquel rey y su corte. y has pasado diez años durmiendo bajo tierra.
El faquir comprendió que lo que se le había prometido hace diez años nunca lo obtendría decidio hacer lo único que tendría sentido. Se acostó de nuevo en su sarcófago y con voz profunda dijo. Cierren de nuevo el ataúd y despiértenme cuando un rey pueda cumplir la palabra empeñada de otro rey.
Y se dice que aún esta allí dormido, enterrado y esperando.
802. Inanna y los Me (Mito Sumerio)
2026/10/08
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, hace miles de años entre los ríos Tigris y Éufrates, una época en que el cielo y la tierra apenas acababan de separarse. En aquel tiempo vivía Inanna, la radiante diosa del amor, la fertilidad y la guerra, venerada en la gran ciudad de Uruk. Inanna no era una diosa que tuviera roles pasivos o domesticos, ella encarnaba para los sumerios todas las fuerzas dinámicas y contradictorias y además tenía un enorme poder sobre los destinos de su pueblo.
Inanna lo tenía casi todo, pero sentía que a su pueblo le faltaba lo más valioso: los secretos para construir una verdadera civilización. Esos secretos se llamaban los Me, que eran un conjunto de leyes sagradas, decretos divinos y conocimientos que abarcaban desde la escritura, la justicia y la música, hasta la mentira, la artesanía y el poder de los reyes. Nadie que no fuera un dios podía poseerlos sin permiso, y su guardián era el dios más sabio y astuto de todos: Enki, señor de las aguas dulces subterráneas, quien residía en su santuario subacuático de la ciudad de Eridu.
Inanna veía con recelo como los sumerios pese a servirles a los dioses con lealtad no conocían los Me para poder usarlos a su gusto. Decidida a conseguirlos, Inanna emprendió el viaje hacia las profundidades de Eridu. Al verla llegar, deslumbrante y gallarda, El dios Enki ordenó a sus sirvientes preparar un banquete formidable.
—Preparen cerveza , sirvan pasteles de cebada y llenen las copas de mi invitada —instruyó Enki a sus sirvientes.
Entre risas, música y brindis, el banquete se prolongó durante horas. El dios del agua dulce, embriagado por la fiesta y la conversación de la diosa, comenzó a mostrarse espléndido y confiado.
—¡Por el honor de la diosa Inanna! —proclamó Enki levantando su copa—. Te entrego el oficio del escriba, la corona del rey y la sabiduría de los sacerdotes.
Inanna, con la mente tan clara como el agua de manantial, sonrió y fue guardando cada uno de los Me en su embarcación divina, la Barca del Cielo. Enki continuó bebiendo y regalando:
—Te entrego el arte de tejer, el trabajo del metal, la verdad, la diplomacia, los cantos del templo e incluso el luto y la victoria y así durante toda la noche el dios Enki seducido por la belleza y elocuencia de Innana fue entregando y entregando muchos de los Me que poseía y que solo estaban inicialmente dedicados para los Dioses.
Uno a uno, Inanna cargó los más de cien decretos sagrados. En cuanto la barca estuvo repleta, desató las amarras y zarpó veloz a favor de la corriente rumbo a Uruk.
A la mañana siguiente, cuando los efectos de la cerveza se desvanecieron, Enki despertó con la cabeza pesada. Recorrió su salón y, al mirar a su alrededor, descubrió el vacío sus cofres con los Me estaban vacíos.
—¿Dónde están las insignias del trono?¿Quién se ha llevado las leyes sagradas?
Su fiel mensajero, Isimud, bajó la mirada temeroso:
—Señor, anoche, entre copas y cantos, se los entregaste todos a Inanna.
Encolerizado por haber sido burlado, Enki convocó a los monstruos marinos de las profundidades y ordenó a su emisario:
—¡Alcancen la Barca del Cielo! Detengan a Inanna y traigan de vuelta los Me, cueste lo que cueste.
Hasta siete veces los monstruos y demonios del abismo intentaron emboscar la embarcación en los recodos del río. Sin embargo, Inanna contaba con la ayuda de su leal consejera y guerrera Ninshubur, quien con espada y escudo rechazó a las criaturas acuáticas una tras otra, protegiendo la carga divina en cada asalto.
Cuando las murallas de Uruk finalmente aparecieron en el horizonte, Enki comprendió que la diosa había triunfado con su propia astucia. Reconociendo el valor y la tenacidad de Inanna, el sabio dios depuso su ira y selló la paz con ella.
Al desembarcar en el muelle de Uruk, Inanna abrió las compuertas de la barca y repartió los dones divinos entre los seres humanos. Desde aquel día, el pueblo sumerio aprendió a construir canales que reverdecieron el desierto, a construir casas y palacios, a tejer y a dominar el arte de la metalurgia, a gobernarse con orden y justicia y lo más importante de todo por primera vez en la historia de la humanidad a registrar sus historias en tablillas de arcilla, comenzando así el primer hito de el crecimiento cultural de la humanidad.
801. La muerte del Emir.
2026/10/05
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en el corazón de Samarcanda, un hombre que era temido en todas las comarcas por su crueldad.: el gran emir Tamerlán. Una noche de vientos helados, el monarca se despertó bañado en un sudor frío y con el corazón martilleándole el pecho. Había soñado que yacía en su lecho de muerte, consumido por las sombras, y que de inmediato era arrastrado sin piedad por los siete niveles que llevan al Yahanam. Como se conoce el infierno.
Aterrado por la pesadilla y obsesionado con postergar aquel destino fatal, convocó antes del amanecer a los astrólogos más renombrados del imperio. Formados ante el trono de oro y marfil, los sabios temblaban mientras el emir, con mirada sombría, les exigía saber con certeza cuánto tiempo de vida le restaba.
El primer astrólogo dio un paso al frente, consultó sus cartas celestes y dijo con reverencia: —Gran emir, los astros indican que viviréis veinte años más.
El segundo, intentando complacerlo con mayor generosidad, proclamó: —Los planetas se alinean a vuestro favor; viviréis cincuenta años.
El tercero, viendo la sombra de insatisfacción en el rostro del soberano, dobló la apuesta: —¡Cien años más de gloria os aguardan sobre la tierra!
El cuarto, desesperado por superar a todos y ganar el favor del tirano, se postró y exclamó: —¡Oh, señor del mundo, vos sois inmortal! ¡No moriréis nunca!
Tamerlán apretó los puños, con los ojos inyectados en cólera. —¡Verdugo! —rugió con voz de trueno—. Decapita a estos embusteros todos han venido aquí a mentirme. Tres de ellos me han otorgado demasiado poco tiempo para saciar mi sed de victorias, y el cuarto miente descaradamente para salvar su miserable cuello.
Los guardias arrastraron a los cuatro hombres fuera del salón, dejando tras de sí un silencio espeso y sobrecogedor. En un rincón de la corte permanecía el mulá Nasrudín, envuelto en su modesta túnica y observando con calma como la corte iba y venia tratando de aliviar las penas de aquel emir obedeciendo las más crueles ordenes.
Tamerlán clavó en él sus ojos penetrantes y le dijo: —Tú, Nasrudín, que a veces has leído los misterios del porvenir y conoces los secretos del cielo... ¿qué tienes que decirme?
El mulá no vaciló. Inclinó la cabeza con humildad, acarició su barba y respondió con una serenidad pasmosa: —Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada. En él, un ángel luminoso descendió ante mí y me comunicó el día exacto de tu fallecimiento y con toda tranquilidad puedo confirmarte que el sueño tiene todo de realidad.
El emir contuvo el aliento, devorado por la inquietud y la esperanza. —¿Y qué te dijo? —preguntó Tamerlán, inclinándose hacia adelante, temiendo y deseando a la vez escuchar la profecía.ya que el mulá era conocido tanto por su inteligencia como por su astucia, así que su respuesta debería ser tenida en cuenta por el.
Nasrudín alzó la mirada, esbozó una leve sonrisa y sentenció: —Que morirás el mismo día que yo.
Desde aquella mañana, no hubo hombre en todo el imperio cuya salud, bienestar y seguridad fueran custodiados con tanto desvelo por los guardias del emir como los del astuto mulá.
800. La Pareja Feliz
2026/09/30
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez una pareja de esposos que llevaban mas de 50 años de feliz matrimonio.. Sin embargo bajo la paz y la tranquilidad de aquel hogar algo turbio se presentía. Como todos los días El reloj de péndulo del vestíbulo daba las cinco con una puntualidad insultante, propia de un hogar donde nada, absolutamente nada, se había salido jamás de su cauce.
Mary Smith sirvió el té con pulso de cirujano. El sonido del chorro contra la porcelana de la taza fue la única perturbación en aquel salón victoriano de cortinas aterciopeladas. Frente a ella, como si fuera un conejo frente a un perro cazador.
Hacía exactamente tres semanas desde aquella conversación que Tomas recordaba claramente..
Mientras el se encotraba plácidamente leyendo el periódico en su butaca preferida Mary le había preguntado sin ninguna razón aparente como le gustaría morir si el pudiera escoger. Tomas extrañado le respondió que nunca lo había pensado pero que eran temas que no quería discutir.
Mary simplemente se sonrio y siguió haciendo los deberes de la casa. Tres semanas en que el señor Tomas Smith no había vuelto a respirar con los pulmones llenos
—¿Te apetece una galleta de jengibre, querido? —preguntó Mary con una dulzura cristalina, empujando el plato de plata—. Tienen un toque picante exquisito. Canela, clavo... y una pizca de almendra amarga.
A Tomas se le heló la saliva. Almendra amarga. El que era un asiduo lector de novelas de mistrerio algo le recordaba ese supuesto sabor. Era el sabor del ácido cianhídrico mejor conocido en sus novelas como Cianuro.
—No tengo apetito, Mary. Gracias. Respondió en ese momento con una voz Temblorosa.
—Qué lástima. Esta muy sabroso. Tomas.
Mary dio un sorbo minucioso a su té, levantando el meñique con la distinción que correspondía a una dama de Kensington. Luego, con total parsimonia, se levantó a ajustar las cortinas. Al pasar por detrás del sillón de su marido, su mano rozó con delicadeza la nuca de Tomas.
El hombre se encogió de golpe, como si una víbora le hubiese rozado la piel. Las palpitaciones le martillaban las sienes. Cada fibra de su espalda esperaba el golpe seco de un pisapapeles de bronce, o el frío de una navaja de afeitar deslizándose entre las vértebras.
—Tienes tensión en las cervicales, pobre mío —murmuró ella desde la penumbra del cortinaje—. Deberías darte un buen baño caliente antes de la cena. He dejado todo listo en el piso de arriba.
El baño.
La mente de Tomas proyectó de inmediato la bañera de patas de león, el agua humeante, y aquel viejo calentador eléctrico cuyo cableado siempre había chisporroteado un poco junto a los azulejos húmedos. Podía verla a ella: envuelta en su bata de seda, empujando suavemente el aparato con la punta de una zapatilla acolchada mientras él flotaba indefenso entre la espuma.
—Prefiero no ducharme hoy —balbuceó Tomas con la voz agrietada—. El médico dijo que el agua muy caliente no conviene a mi presión.
—Como gustes, tesoro. Solo procuro tu bienestar.
Los días siguientes se transformaron para Tomas en un tablero de ajedrez infernal donde las piezas eran invisibles. Vivir se convirtió en una tortura constante esperando el desenlace final. Bien preparado estaba debido a todas las novelas que entretenían sus días y noches de retirado.
Si Mary le servía sopa de verduras, él se quedaba mirando los guisantes flotar, convencido de que uno de ellos portaba la dosis microscópica de estricnina calculada para desgarrarle las tripas a medianoche. Si le ofrecía un vaso de agua, él esperaba a que ella se girara para disimuladamente volcarlo en la maceta del helecho (que, para mayor tortura de sus nervios, comenzó a secarse a los cuatro días).
El coche nunca más fue utilizado. La sola idea de presionar el freno y sentir el pedal hundirse blando y vacío en la bajada de High Street le provocaba sudores fríos que empapaban sus sábanas. Subir al dormitorio era una odisea alpina: se aferraba al pasamanos con ambas manos, tanteando cada escalón de roble con la punta del zapato, convencido de que Mary había untado con jabón la madera o encerado a traición la penúltima curva. Eso también había sucedido en una de las novelas de la autora de misterio que tanto le gustaba.
Y Mary, mientras tanto, no hacía nada.
Absolutamente nada.
Se limitaba a bordar pájaros en bastidores de lino, a leer los obiturarios del periódico buscando el nombre de algún conocido y a mirarlo atentamente con una sonrisa en sus labios. Era la mirada de quien observa germinar una semilla particularmente lenta. Cuando sus ojos se cruzaban con los de él sobre el periódico matutino, Mary le dedicaba una leve inclinación de cabeza, serena, cómplice, casi compasiva, como diciéndole: «Aún no, querido. Pero pronto».
Al tercer mes, Tomas ya no dormía. Pasaba las noches sentado en el borde del colchón, de espaldas a la pared, con los párpados pegados por el insomnio y una vela consumiéndose en la mesilla. Si cerraba los ojos, podía sentir que cada sonido correspondía a algún acto sospechoso de Mary. Posiblemente estaría tomando el candelabro de plata del recibidor; o ese silbido podía ser que ella estaria abriendo y dejando escapar el gas de la cocina. Tambien lo había leído en algún libro.
Al quinto mes, el doctor Moris acudió a la residencia de la pareja alertado por el aspecto fantasmal de Tomas. El había perdido veintidós kilos ya que no se atrevia a comer casi nada. Su piel tenía el tinte grisáceo y sus manos temblaban con tal furia que no lograba sostener una cuchara.
—Tiene el pulso en un hilo—diagnosticó el médico en el pasillo, bajando la voz—. Una taquicardia galopante, delirio persecutorio y un agotamiento nervioso absoluto. Me temo que su corazón no resistirá otro mes. Es un caso insólito de colapso vegetativo.
—Es terrible, doctor —suspiró Mary secándose una lágrima invisible con un pañuelo de encaje—. Ha sido tan repentino... Si supiera cuánto rezo todas las noches a los pies de su cama.
Y era cierto. Rezaba con devoción ejemplar. Siempre pidiéndole algo a su Dios.
La última semana, Tomas yacía en la cama del dormitorio principal, consumido, con la mirada fija en el techo de molduras blancas. Mary se sentó a su lado, tomó su mano esquelética entre las suyas y le acarició los nudillos con ternura infinita.
—Tranquilo, Tomas —le susurró con voz aterciopelada, acercándose a su oído—. Descansa. Ya casi termina.
Tomas la miró. Buscó el veneno en su vaso, el cable en el suelo, el arma bajo su cama. No había nada. La habitación estaba impecable, limpia, ventilada, desprovista de cualquier peligro físico. Solo estaba ella, mirándolo morir sin haber movido un solo dedo.
El corazón de Tomas, exhausto de batirse contra un enemigo que nunca dio un golpe, dio tres latidos arrítmicos, un chasquido sordo en el pecho, y se detuvo para siempre.
El entierro en el cementerio de St. Judas fue sobrio y concurrido. Todos los vecinos de la parroquia elogiaron la entereza admirable de la viuda, quien, de riguroso luto y con velo de gasa negra, depositó una solitaria rosa blanca sobre la lápida de mármol.
Aquella noche, de regreso a la solitaria casa de Kensington, Mary subió la escalera sin prisa, pisando con firmeza el centro de cada peldaño. Entró en el cuarto de baño, encendió las luces, llenó la bañera hasta el borde con sales aromáticas y se sumergió en el agua caliente, dejando que el vapor disipara cincuenta años de tedio conyugal.
Antes de cerrar los ojos para disfrutar del silencio absoluto de la casa, Mary unió las manos sobre el pecho, miró hacia el cielo raso y murmuró con sincera y humilde gratitud:
—Gracias, Señor misericordioso. Bien sabes que una dama jamás debería ensuciarse las manos.
799. El amor en la tierra
2026/09/28
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un hombre llamado Julián que habia decidido recorrer el mundo con la mirada clavada en la línea distante del horizonte. Desde muy joven se había convencido de que todo lo que valía la pena en la existencia habitaba en las alturas: en el fulgor inalcanzable de las estrellas de invierno, en el vuelo solitario de las águilas que desafían los riscos y en las cumbres nevadas donde el aire es tan fino que quema los pulmones. Para Julián, el amor y la verdad eran dones celestes, misterios que exigían la elevación del espíritu y el desdén por lo mundano.
Caminaba siempre erguido, con el mentón alzado, devorando leguas sin detenerse. En su marcha apresurada, sus botas de cuero gastado aplastaban sin piedad la hierba silvestre, las diminutas violetas que nacían entre las grietas de los caminos y los insectos laboriosos que acarreaban briznas de trigo. Javier Despreciaba el polvo del camino que se le adhería a los tobillos; y consideraba la tierra vulgar,ya que no le permitía saltar hasta las nubes
En cada aldea que cruzaba, las muchachas del valle le ofrecían cantimploras de agua fresca o panes de centeno recién horneados, pero Julián apenas agradecía con una inclinación distante de cabeza y seguía caminando como si ninguna de ellas existiera. ¿Cómo iba a detenerse en un callejon de aquel pueblo si en la próxima cordillera lo aguardaba un destino más luminoso?
Pasaron los veranos y los otoños con la velocidad de un cuando pasa por los pueblos. Julián escaló desfiladeros temibles, cruzó mesetas barridas por vientos cortantes y durmió a la intemperie en cimas solitarias, abrazado a su propia manta para no morir congelado. Sin embargo, en ninguna de aquellas cumbres halló lo que buscaba. Allí arriba no había revelaciones sublimes, sino un silencio gélido, pétreo y desolador. Con cada nuevo pico conquistado, el pecho se le volvía más hueco ya nadie le daba el saludo y en las noches estrelladas no había nadie que le sostuviera su mano.
Una tarde, mientras intentaba alcanzar una cresta escarpada envuelta en neblina, una ventisca feroz lo sorprendió en la ladera. El viento rugió con furia de tormenta, arrancándole el bastón con el cual caminabay esto llevo a que desestabilizara su andar. Julián resbaló por una pendiente de piedras sueltas ya que no las vio en el camino por mirar siempre hacia arriba. Finalmente rodó barranco abajo hasta terminar en un claro escondido de un valle espeso, cubierto de sombra y helechos gigantes.
Aquel hombre altivo que siempre miraba hacia arriba se encontra allí en el fondo de un cañon totalmente magullado, exhausto y quebrantado en su orgullo. Ya no le quedaban fuerzas para mirar al cielo ni ánimo para ponerse en pie. Cayó de bruces, rindiéndose por fin al peso de la gravedad, y hundió el rostro en el musgo tibio del suelo del bosque. Olía a lluvia reciente, a hojas en descomposición y a madera vieja. Por primera vez en la vida, no intentó huir de la tierra que pisaba.
Al abrir los ojos, manchados de polvo y lágrimas, la vio.
Estaba arrodillada a escasos palmos de él, entre dos raíces añosas cubiertas de musgo aterciopelado. Tenía las manos hundidas en la tierra fértil, cuidando el brote diminuto de una enredadera que apenas asomaba dos hojas tiernas. Sus cabellos eran del color de la corteza de los arboles y en su rostro había pequeñas pecas como semillas esparcidas por el viento. Vestía una túnica de lino basto, teñida con los tonos del color de la arcilla y el ocre de las hojas secas.
No era una ninfa del aire ni una criatura celestial forjada en luz de estrellas. Era una mujer de carne, y mirada profunda. La cual transmitía una paciencia infinita. Sus ojos, profundos y serenos como un pozo de agua limpia, lo miraban sin reproche, con la calma de quien ha visto a la semilla romperse en la oscuridad antes de regalar una sola flor. El creyó reconocerla pero ella entendiendo la confusión le explico.
Si me has visto en el pueblo cercano, pero siempre pasabas tan rápido que nunca dejabas que nadie te saludara o se acercara a ti. Su voz sonaba al rumor producido por el agua corriendo entre guijarros—. Ella le dijo entre dulcemente. Tus botas hacían vibrar la tierra mucho antes de que tus sombras cruzaran las huellas de nuestro lugar camino. Así nunca podrías saber que existiamos
Julián intentó hablar, pero se sintió ahogado. Se dio cuenta de que no había sido el terreno lo que le impedía verla, sino su propia ceguera. Se arrastró con dificultad hacia ella y posó las palmas de sus manos abiertas sobre su regazo. a. El frío de su orgullo empezó a derretirse en ese instante, dejando al descubierto una soledad acumulada durante años de búsquedas vacías. Era una sencilla mujer pero su mirada y su voz le recordaban el calor suave de la naturaleza.
Comprendió de golpe que para encontrarla no había necesidad de cruzar continentes ni escalar cordilleras inaccesibles. La distancia que los separaba en ese momento no se podía medir en pasos sino en sentimientos, se había alejado del amor por los prejuicios que había edificado, en la vanidad de sus certezas y en la dura coraza con que había protegido sus propias inseguridades.
Julián la miró a los ojos y murmuró con el corazón desarmado:
—Lo siento mucho ignore que estabas sobre la superficie de la tierra y ahora que te tengo junto a mi se que tuve que cavar en lo más profundo de mi alma para finalmente verte y amarte
Ella sonrió con la ternura de la primavera que descongela los ríos y le cubrió las manos con las suyas. En ese contacto, Julián aprendió que el amor verdadero no consiste en perseguir el viento en las alturas desiertas, sino en echar raíces hondas, aceptar el peso sagrado de realidad y florecer juntos, con los pies firmes y bendecidos sobre la tierra que pisa.
Se dice que en aquel pueblo cercano habita una pareja de esposos que nunca miran el cielo sino los ojos del otro para encontrar la belleza del mundo.
798. El bosque de Mariposas (Infantil)
2026/09/27
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez en un pueblo en las montañas rodeado de colinas verdes, un sendero secreto que había sido olvidado hace muchos cientos de años y que se encontraba cubierto de musgo. Este sendero llevaba al Bosque de Cristal. Este sendero No era un lugar común y solo unos pocos lo conocían. Se decía que solo los seres de alma buena y pura podían encontrarlo y aventurarse a recorrerlos. El sendero se decía recorría robles centenarios donde no solo cantaban los mirlos, sino que las sombras brillaban con destellos dorados y azulados. Decían los viejos que sus abuelos les habían contado alguna vez que en ese bosque encantado de cristal vivían las mariposas mágicas, guardianas de la luz del amanecer.
Cerca de una de las salidas de aquel pueblo vivía Elena, una niña curiosa de ojos despiertos que siempre llevaba en el bolsillo una libreta pequeña y un lápiz de madera para dibujar las formas de las nubes y las hojas que encontraba a su paso. Elena había escuchado hablar de las mariposas mágicas, pero los mayores decían que solo se dejaban ver por quienes sabían escuchar con el corazón en silencio.
Una tarde de brisa suave, mientras seguía el rastro de una pluma tornasolada que había visto caer desde lo alto de una de las nubes que ella quería pintar, Elena se fue alejando de su pueblo y se vio sin saber cómo en aquel sendero de musgo que casi todos desconocían. Después de recorrerlo lentamente Elena cruzó el arco natural de sauces que marcaba el inicio del bosque encantado de cristal. El aire olía a menta fresca y a jazmín silvestre. De pronto, la luz del sol pareció romperse en mil fragmentos diminutos como si millones de diamantes la rodearan y de pronto comenzó a oír un sonido extraño. Como si una brisa de la montaña se hubiera partido en mil pedasos. Y allí las vio. A su alrededor comenzaron a revolotear cientos de mariposas, cada una con alas que parecían hechas de cristal pulido. Unas brillaban con el resplandor de las brasas cálidas, otras tenían destellos de cielo estrellado, y al batir sus alas dejaban una estela de suave polvillo luminoso que hacía sonar campanillas en el aire.
En el centro de aquel bosque elena vio un claro que tenía en el centro una fuente de agua saltarina. Y allí junto a la fuente había descansaba el Árbol Madre, cuyas raíces abrazaban la fuente de agua clara. Sin embargo, en una de sus ramas más altas, Elena vio a una mariposa diferente: era diminuta, con alas plateadas que apenas emitían un tímido titileo. Sus alas pesaban tanto que no podía alzar el vuelo, y una sombra gris comenzaba a extenderse por las hojas del gran árbol.
Elena se acercó despacio, cuidando de no quebrar una sola ramita seca. Se sentó sobre las raíces y extendió su mano abierta.
—No tengas miedo —susurró con calma—. ¿Qué te apaga la luz?
La pequeña mariposa plateada, llamada Luma, descendió temblorosa hasta posarse sobre la palma de Elena. Con un murmullo que sonaba como el roce del viento en la hierba, Luma le explicó que el bosque florecía gracias a las canciones y risas de los niños, pero hacía mucho tiempo que nadie entraba a compartir una historia, y el peso del olvido estaba enfriando sus alas.
Elena comprendió de inmediato. Abrió su libreta donde dibujaba y escribía los cuentos que su abuelo le contaba y comenzó a buscar frenéticamente una historia para narrar. Y la encontró y comenzó a dibujar en voz alta una historia sobre valientes navegantes que surcaban los mares buscando seres extraños que nadie había visto pero que vivían más allá del límite del mundo. Así describió lo que su abuelo le contó que en ese límite había ríos que cantaban y montañas que tocaban el cielo. Su voz llenó el claro de calidez y los árboles se sentaron a escuchar aquella niña mientras que cada una de las mariposas se asentaban en las ramas enamoradas de la voz dulce de aquella narradora que les ofrecía la emoción sincera de quien ama imaginar.
A medida que las palabras fluían, el polvillo plateado de Luma cobró un brillo intenso y vivo. Las demás mariposas rodearon a Elena formando una espiral de colores que iluminó cada rincón del follaje. Luma extendió sus alas renovadas y se elevó, trazando un lazo de luz pura sobre la copa del Árbol Madre, cuyas hojas volvieron a resplandecer con un verde esmeralda deslumbrante.
Antes de que cayera la noche, las mariposas guiaron a Elena suavemente de regreso al sendero de musgo, y Luma rozó su mejilla con una caricia tibia y dejó sobre su libreta una diminuta estrella de luz plateada que jamás se apagó.
Desde aquel día, Elena volvía cada semana al Bosque de Cristal, sabiendo que mientras existieran historias para contar y oídos atentos para escuchar, la magia de las mariposas nunca dejaría de brillar.
797. Las paredes
2026/09/23
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un Viejo que vivia en una casa a la salida del pueblo. El viejo había vivido allí desde la infancia y ahora que la vida llegaba al ocaso apreciaba aún más su vieja casa. Era una casa muy vieja construida por su abuelo y plantada en lo alto de una colina donde el viento soplaba con voz de flauta rota. La casa no era de ladrillo cocido ni de piedra dura, sino de bareque y cubierta de una cal antigua y porosa que parecía respirar con las estaciones. En ella vivía Mateo, un relojero retirado que entendía bien el silencio de los objetos sabía que su entorno tenía un deje mágico que nadie podía entender, algunas veces algunos amigos lo visitaban pero todos ignoraban el secreto que guardaba cada una de las paredes de su casa.
En esa casa, la oscuridad era un manto que lo dormía todo. Mientras las bombillas permanecían apagadas, los muros descansaban en un sueño ciego, frío y mineral. No eran más que límites verticales que sostenían el techo y detenían el frío.
Pero todo cambiaba con un chasquido.
Bastaba con que la mano de Mateo buscara en la penumbra el viejo interruptor para que de un de click seco todo cambiara en aquellas paredes. La corriente no solo encendía el filamento ámbar suspendido en el techo sino que por entre las paredes una chispa viajaba por las venas de cobre embutidas en el revoque y comenzara a obrar el milagro que solo Mateo conocía.
Con aquel golpe de energía proveniente de aquel viejo interruptor las paredes salían de su retargo y comenzaban a despertar.
No abrían ojos de carne, claro está, sino ojos de sombra, relieve y memoria. Primero se desperezaban con un rumor leve similar a aquel que produce la madera cuando el sol sale después de una noche helada. Luego, la cal blanquecina comenzaba a tomar colores que algunos piensan que es sintoma de vejez pero que en realidad es la forma como las paredes responden a las situaciones cambiantes de la vida. En el muro oriental, la grieta que cruzaba desde el zócalo hasta la moldura dejaba de ser una herida seca: se estiraba, bostezaba y comenzaba a proyectar el eco de las risas de los niños que habían corrido por allí setenta años atrás.
En la pared del fondo, donde el yeso guardaba la sombra de los viejos marcos de retratos ya desaparecidos, la luz cálida revelaba siluetas que se acomodaban despacio, como si adecuaran sus posturas para descansar después de un largo letargo en las sombras. Las paredes de la casa de mateo se volvían así atentas, tibias y preparadas para el. Basicamente eran complices de las historia de aquel viejo relojero. . Si Mateo suspiraba al llegar cansado, el estuco parecía combarse apenas un milímetro, amortiguando sus penas para así darle más espacio donde descansar. Todo pues se confabulaba para ofrecerle un abrigo silencioso que ningún fuego de chimenea podría igualar. Durante las horas de luz artificial, la casa no estaba realmente vacía: y además había algo que muchos repetían en frases en los bares del pueblo. Cuidado que las paredes tienen oídos. La realidad es que no solamente los muros recordaban cada palabra que habían absorbido a lo largo de un siglo largo, sique que además las comunicaban por medio de un polvillo dorado en el aire que tarde o temprano era llevado por el viento hasta algúna otra casa Así era el proceso de polinización de ideas entre las casas de aquel pueblo.
Mateo aprendió a convivir con ese despertar. No leía en la cama sin antes desearles buenas noches con la mirada, ni dejaba la bombilla encendida más de lo necesario, pues sentía que exigirle demasiada vigilia a la cal terminaría por fatigar los cimientos y los pensamientos de sus paredes rusticas.
Una noche de invierno sin embargo todo se convirtió en una crisis , una tormenta derribó los cables del tendido eléctrico. La casa quedó sumida en una penumbra densa y los muros callaron de golpe, volviéndose otra vez inerte, fría y ajena. Mateo, desorientado, tanteó la pared buscando el interruptor. Lo accionó por puro reflejo, pero nada ocurrió. La oscuridad seguía intacta y los muros continuaban dormidos.
Los muros de la casa comenzaron a crujir como nunca antes y un sentimiento de soledad comenzó a invadir cada cuarto hasta que el alma de Mateo se fue llenando de tristeza. No entendía que sucedia pero si sabía que su casa estaba sufriendo ya que la luz eléctrica había parado de funcionar
Sintiendo la soledad más honda que nunca el anciano se acercó a tantas hasta una mesita que estaba localizada en el pasillo central de la casa. Allí encontró un cajita con la cara de un indio pielrojoa y el anciano encendió una cerilla. La llama tembló, tímida y minúscula, pero su destello acarició el yeso áspero junto a la puerta.
La cal de aquella pared no despertó de golpe como con la electricidad, pero la grieta más cercana tembló suavemente, reconociendo el calor y . Mateo sonrió, comprendiendo que a veces las paredes solo necesitan una pequeña chispa, propia o ajena, para recordar que están vivas y no dejarte jamás a solas con tus sombras.
El fósforo se consumió hasta rozarle las yemas de los dedos, pero Mateo no volvió a quedar a oscuras. Había buscado anes en la alacena un cabo de vela de cera de abeja, lo encendió y lo colocó sobre un pequeño plato de cerámica que tenía.
Lo curioso es que comprendió que Caminar con esa llama viva por el pasillo era como abrir un libro de páginas amarillentas de vejez. Con la bombilla eléctrica, el despertar de las paredes era nítido, casi reverente, como una fotografía multicolor que cobra foco al instante. Pero con la vela, el despertar era una danza lenta y unicolor.
Al moverse el fuego, las sombras temblaban y las paredes empezaron a recordar y contar secretos más antiguos, de esos que no caben bajo la luz de un único bombillo.
En la esquina del salón, donde la humedad había dejado un mapa caprichoso, el revoque comenzó a exhalar una melodía sorda: Más allá, junto a la ventana, la cal comenzaba a recordar las risas de niños que antes vivieron allí y hacían eco de dos voces jóvenes despidiéndose antes de un viaje sin retorno Eran los hijos de Mateo que se fueron y nunca más volvieron. Las paredes no solo guardaban la dicha de la casa; también custodiaban sus despedidas, arropadas en capas de pintura vieja que nadie se había atrevido a raspar.
Mateo apoyó la palma abierta sobre el muro del pasillo. Ya no sentía el yeso áspero, sino una vibración suave, como el pulso lento de un animal bondadoso hibernando.
—Están cansadas, ¿verdad? —murmuró al aire.
La pared le respondió con un crujido dulce, desprendiendo un fino olor a cal viva y a ropa planchada de domingo. Habían sostenido demasiadas vidas, demasiados inviernos, demasiadas miradas solitarias que buscaban en ellas una respuesta que el silencio del pueblo no daba.
Comprendió entonces que la electricidad las obligaba a despertar de golpe, en guardia, listas para dar compañía a quien accionara la llave. Pero el fuego de aquella pequeña lumbre las dejaba soñar despiertas, hablar bajito y recordar a su propio ritmo.
Afuera, la tormenta arreció, aullando contra los cristales y sacudiendo las vigas del techo. Sin embargo, en el interior no había frío ni desamparo. Mateo se sentó en su sillón, con la vela titilando en la mesilla auxiliar, y cerró los ojos. A su alrededor, los cuatro costados de la habitación velaban su descanso, respirando al unísono con él, proyectando en la penumbra una guardia paciente que mantendría el mundo a salvo hasta que llegara el alba, pero aquella noche el alba nunca llego y Mateo se fue con el corazón feliz de sentirse rodeado de las paredes que realmente lo amaban y el adoraba.
796. Encuentro Celestial
2026/09/21
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un hombre llamado Tomás que, tras setenta y cuatro años de lidiar con el mundo, los achaques de la espalda cerró los ojos por última vez un martes de otoño. No hubo agonía ni drama; simplemente suspiró con alivio, entregó el equipaje de este mundo y partió a otro lugar más allá de lo conocido.
Cuando abrio sus ojos se encontró flotando con una ligereza inaudita. Para su sorpresas ahora sus rodillas no crujían como usualmente lo hacían, además No le dolía la espalda y aquella molestia permanente en su estomago había desaparecido. Tomas se veía sentado plácidamente sobre una nube tibia que parecía de lana recién peinada, con los pies colgando sobre un horizonte de tonos dorados y violetas. Para adicionar a su placer no había tráfico de fondo, ni alarmas sonando a todas horas, tampoco había reproches sobre la tapa del inodoro, ni reclamos por no haber sacado la basura a tiempo o porque siempre estaba viendo futbol en la televisión. Había únicamente un silencio sagrado, limpio que realmente era un como un bálsamo para su alma.
Tomás dejó caer la cabeza hacia atrás, aspiró aquel perfume a lavanda celestial y soltó un suspiro hondo, monumental. Se cruzó de brazos, y curiosamente después de cuatro décadas de matrimonio comenzaba unas verdaderas vacaciones eternas.
Hasta que una brisa extraña agitó la neblina que cubria un poco sus alrededores y un rayo de luz ilumino una figura a lo lejos.
Efectivamente atravesando un arcoíris con la velocidad y la determinación de un proyectil divino, una silueta alada se abría paso. Tomás entrecerró los párpados, y siguiendo sus enseñanzas de catecismo en la tierra pensó saber de quien se trataba. Seguramente seria San Pedro o en su reemplazo algún ángel querubín con un arpa dispuesto a darle la bienvenida. Pero la figura se acercaba con un vigor demasiado conocido y que le recordaba su vida anterior. Era realmente curioso ver aquellas alas s no con gracia etérea, sino con la prisa de quien llega tarde a una cita muy importante.
De pronto lo oyo con un retumbar como de campana de bronce que además hacia eco en cada una de las nubes a su alrededor.
—¡Tomás! ¡Tomi, mi cielo! ¡Ay, por todos los santos, sabía que te encontraría por aquí en algún momento. Que felicidad tan grande siento ahora.
No había confusión posible: era Carmela. Llevaba una túnica de lino blanco resplandeciente, una aureola brillante perfectamente pulida e inclinada con coquetería mientras sus cristales de decoración dirigían la luz hacia arriba anunciando su aproximación. para colmo, venía batiendo las alas con una euforia desbordante como si fuera un colibrí multicolor. Cuando finalmente estaba cerca comenzó a agitar los brazos en el aire como si celebrara un reencuentro de telenovela.
A Tomás se le borró la sonrisa beatífica en una milésima de segundo. El alma se le cayó al fondo de la nube. Instintivamente se puso de pie, dio tres zancadas apresuradas hacia atrás y extendió las dos manos hacia el frente con los dedos bien abiertos, clavando los talones como un policía de tránsito deteniendo un camión sin frenos.
—¡Alto ahí! ¡Ni un aleteo más! —rugió Tomás, con el entrecejo fruncido de espanto—. ¡Ah, no, no, no! ¡Ni se te ocurra acercarte a saludarme con tanto entusiasmo!
Carmela frenó en seco en pleno vuelo, levantando una nubecita de polvo de estrellas. Se cruzó de brazos en el aire arrugando la túnica celestial y mirándolo con la misma expresión inquisidora que ponía los domingos por la mañana cuando él fingía estar dormido.
—¿Pero qué te pasa, descarado? —reclamó ella, con las alas vibrando de pura indignación—. ¡Llevo esperándote siete meses y tres días! Dejé apartada una pradera bien linda y hice reservar a un grupo de querubines para los dos y vengo directo a darte un abrazo de bienvenida a este paraíso, ¿y así me recibes? ¿Dónde está el cariño?
—¡El cariño se quedó en la parroquia de San Judas Tadeo en mil novecientos ochenta y dos! —replicó Tomás, apuntándola con un dedo tembloroso pero firme—.
Carmela bajó los brazos despacio, con la aureola tambaleándosele levemente sobre la cabeza, sin dar crédito a semejante audacia.
—O sea que según tú... ¿ahora somos dos extraños?
—¡Compañeros de galaxia, si acaso! —concluyó Tomás, volviendo a acomodarse en su nube con una serenidad recobrada y cruzándose de piernas—. Puedes ir a saludar a tus tías, buscarte un coro de ángeles o cantar alabanzas en el tercer cielo. Pero a mí me dejas en paz, Carmela, que si esto se llama paraíso, es porque aquí se viene a descansar.
Pero no te entiendo de que hablas si hemos sido esposos durante más de cuarenta años y hemos vivido juntos todos estos años, porque no quieres recibirme como un esposo fiel y dedicado.
Tomás sacudió la cabeza, adoptando un tono de abogado sagaz:
—Tú te moriste primero, ¿sí o no? Sí. Yo me morí después, ¿cierto? Cierto.¡Yo no me pasé cuarenta años comiendo sopa sin sal para venir a renovar la hipoteca conyugal en la eternidad!
Y ahora ambos estamos muertos Por lo tanto se aplico la cláusula de rescisión y se ejecutó por causas de fuerza mayor y aquí cada quien es un alma libre y soberana. Pues Las reglas son las reglas, Carmela, y en el cielo no nos vamos a saltar la ley. El padre Jerónimo lo dijo bien clarito frente a Dios, ante la virgen de yeso y con cincuenta parientes de testigos: hasta que la muerte los separe.
795. La Flecha
2026/09/16
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo alto de una torre de piedra azotada por el viento, un rey sabio pero agobiado por el miedo a los asedios. En su corte vivía un filósofo de barba gris y ojos cansados, a quien el monarca acudía cada vez que la incertidumbre no lo dejaba dormir.
Una tarde de otoño, mientras los ejércitos rivales se enfrentaban en las montanas que se veían en el horizonte, el rey observó una silueta lejana en la colina: su figura contrastaba contra el azul de aquel cielo y se podía vislumbrar que era un arquero enemigo que estaba tensando la cuerda de su arco, y que además estaba apuntando directamente hacia el balcón real donde el se encontraba. El monarca, con el pulso tembloroso, se volvió hacia el anciano y le preguntó:
—Dime, maestro: ¿a qué distancia tiene que estar una flecha para que me empiece a preocupar?
El filósofo no se apresuró a mirar la colina ya que sabía lo que estaba ocurriendo entre los dos ejércitos, En su lugar, dio un sorbo a su copa de vino y respondió con calma:
—Si te preocupas cuando la flecha está a trescientos pasos, en el instante en que abandona la cuerda, malgastas tu ingenio y tu tiempo. A esa distancia, el viento puede desviarla, una rama puede interponerse a ella o la fuerza de la tierra puede hacerla caer inofensiva sobre la hierba. Preocuparse por lo que apenas es una mera probabilidad de que algo te hiera o mate es sufrir por fantasmas que no sabes si existen o no.
El rey frunció el ceño, impaciente:
—¿Entonces debemos alarmarnos si acaso determino que esta a cincuenta pasos y que aún se dirige a mi, cuando la puedo oír silbar en el aire y esta atravesando el espacio sin que nada la este desviando o deteniendo.
—Tampoco —dijo el anciano negando con la cabeza—. A cincuenta pasos, la flecha viaja más rápido que tus reacciones y posiblemente te llegara en un segundo. Si gastas ese segundo en sentir miedo, tus músculos se congelarán y tu cuerpo no podrá evitar el impacto. A esa distancia no hay tiempo para la preocupación; solo hay tiempo para actuar: levantar el escudo o apartarse del camino. La angustia ahí no detiene la punta de hierro; solo te vuelve un blanco inmóvil y presa fácil de el arquero.
El monarca, desconcertado, dio un paso atrás hacia la penumbra de la sala.
—¿Y a un palmo de mi pecho? ¿Cuando ya roza la tela de mi vestido.
—A un palmo ya no tiene sentido preocuparse, majestad. El destino con toda seguridad ya está sellado. O la herida es mortal y la preocupación muere contigo, o es leve y solo resta curarla con los buenos oficios de los doctores de tu corte.
El rey miró de nuevo hacia la colina, y vio que la silueta del arquero bajaba el arco posiblemente comprendiendo que el tiro no seria posible con aquel viento. Aliviado pero igualmente confundido, miró al filósofo:
—Si no debo temer a al flecha de una hábil arquero cuando esta esta lejos, ni cuando esta en pleno vuelo, ni cuando ya me llego al cuerpo... ¿cuándo me debo preocupar?
—El sabio señaló con el dedo el pecho del rey y dijo no ha salido del arco aun. La distancia peligrosa no se mide en pasos, sino en la distancia entre lo que conocemos y valoramos como cierto y lo que nos negamos a ver porque el orgullo no nos lo deja ver. Debiste preocuparte meses atrás, cuando rompiste los pactos, cuando descuidaste las murallas y cuando sembraste el rencor que hoy arma las manos del enemigo. Una vez que la flecha vuela, la preocupación por ella es simplemente inútil; por el contrario antes de que la preparen, apunten hacia usted y la disparen siempre será evitable.
794. Guayas y Quil (Leyenda Ecuador)
2026/09/14
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en los tiempos en que las riberas del litoral ecuatoriano aún no conocían el roce del hierro ya que los españoles conquistadores no habían hecho presencia. Unas tierras donde una confederación de guerreros orgullosos y libres dominaban toda la región era: la nación Huancavilca. Entre ellos no había figura más imponente que el cacique Guayas, un hombre alto como los ceibos, de músculos curtidos por la boga en canoa y una puntería infalible con la cerbatana y el arco. Pero el verdadero corazón de su fuerza no yacía solo en sus brazos, sino en su compañera, la princesa Quil. Ella no era una simple espectadora de las cortes tribales; dominaba la lanza, conocía los secretos curativos de la espesura del manglar y poseía una mirada tan aguda que los ancianos decían que podía predecir las mareas y el curso de los combates. Juntos no solo gobernaban: defendían palmo a palmo el equilibrio de su tierra fértil.
La paz se quebró con el estruendo del trueno y el relincho de bestias desconocidas. Desde el sur llegaron los hombres de Castilla, enfundados en corazas de acero que reverberaban con el calor sofocante del trópico. Traían cruces, arcabuces y una sed insaciable de metales brillantes. Los huancavilcas, fieles a su estirpe indómita, no se arrodillaron. Durante semanas, la selva y los esteros se convirtieron en un laberinto mortal para las tropas españolas; Guayas y Quil lideraron emboscadas feroces, apareciendo como sombras entre las ramas para luego desvanecerse en las corrientes del gran río.
Pero el desgaste de la guerra fue implacable. En una tarde sofocante, tras una refriega encarnizada en la que el humo de la pólvora cegó los senderos, una partida española logró cercar a los caudillos. Quil, que peleaba espalda contra espalda con Guayas para cubrir la retirada de los suyos, fue herida por una pica. Al verla caer, Guayas soltó su maza de chonta para protegerla con su cuerpo, siendo finalmente reducido por una decena de soldados que ataron sus muñecas con gruesas cuerdas.
Sabiendo que la resistencia de la región dependía de aquel líder, el capitán invasor le propuso un pacto: a cambio de sus vidas y de una relativa paz para los sobrevivientes, Guayas debía revelar la ubicación exacta de los tesoros de la confederación, las ofrendas ceremoniales y los yacimientos de oro que, según decían, se escondían cerca de las colinas.
Guayas guardó un largo silencio, mirando el rostro ensangrentado de Quil. Con un gesto de amarga sumisión fingida, asintió. Exigió únicamente que los desataran para guiarlos personalmente a una gruta en lo alto del cerro Santa Ana, un mirador escarpado que caía vertical sobre el abismo del caudaloso río.
La comitiva ascendió la colina bajo el sol ardiente de la tarde. Al llegar a la cumbre, junto al borde de la peña donde el viento soplaba furioso, Guayas se detuvo frente a un manto espeso de enredaderas y raíces. Pidió a sus guardias un puñal para despejar la entrada del escondite. Confiados en que el cacique estaba quebrado por el cansancio, los soldados le alcanzaron un acero.
En una fracción de segundo, la sumisión se transformó en fuego. Guayas cruzó una última y elocuente mirada con Quil; ambos entendían que el cautiverio, las cadenas y los ultrajes de la servidumbre eran un destino infinitamente peor que el fin de la vida. Con lágrimas en los ojos pero pulso de hierro, el cacique clavó la daga en el pecho de su amada, liberando su alma antes de que una sola mano enemiga pudiera mancillarla de nuevo.
Los soldados, paralizados por el horror, apenas alcanzaron a desenvainar sus espadas. Antes de que pudieran tocarlo, Guayas se irguió sobre el filo del despeñadero, alzó los brazos ensangrentados hacia el cielo y juró que aquel río y aquellas laderas jamás pertenecerían a nadie que no estuviera dispuesto a morir por su libertad. Sin vacilar, se arrojó al vacío, desapareciendo en el remolino profundo del agua que tantas veces lo había visto navegar.
Las aguas se tragaron el cuerpo del cacique, pero la corriente no apagó su eco. Cuando los colonizadores finalmente levantaron su asentamiento en la falda de aquel mismo cerro, bautizaron a la ciudad uniendo los nombres de los dos amantes rebeldes: Guayaquil, un monumento eterno al amor indómito y a la libertad que ningún imperio pudo quebrar.
793. El Kaggen y la Luna (Leyenda Kalahari Africa)
2026/09/09
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo que hoy llamamos la sabana de Kalahari en el sur del África un dios embaucador y sabio llamado Kaggen. Este dios tenía la forma de una mantis religiosa y caminaba por la tierra en las épocas iniciales cuando todavía el mundo no se había terminado de formar completamente y los animales caminaban como hombres. En aquellos días remotos, la noche no era como la conocemos hoy ya que no existía la luna por lo que no se podía ver la luz de plata que apacigua las sombras, sino que todo era una penumbra espesa, gélida y absoluta que devoraba cualquier intento de ver más allá de la propia respiración cuando el sol desaparecia.
|Kaggen era básicamente un dios creador y en su interior guardaba un secreto que colmaba su corazón de orgullo: El había modelado y creado con sus propias manos al primer antílope de proporciones majestuosas llamado el eland, Este antílope tiene un lomo suave y ojos profundos que semejan a pozos de agua en las épocas de sequía. Pero el dios Kaggen también conocía el alma de los habitantes de aquellas tierras y en especial los suricatos que vivían con una codicia que podría llegar a poner en riesgo a su Eland. Por lo que decidio esconderlo en un oasis rodeado de cañaverales altos y espinosos. Así que en cada amanecer, la Mantis recolectaba miel silvestre y cera dorada de las colmenas que encontraba escondidas entre las rocas, y recogiéndolas con mucho cuidado se las llevaba al Elan en secreto. Con ternura, frotaba la miel perfumada sobre el pelaje de la criatura y dejaba que bebiera agua clara, hasta que la piel del animal brillaba tanto que parecía hecha de sol puro.
Sin embargo, los ojos pequeños y curiosos de los suricatos nunca dormían. Estos pequeños seres que eran capaces de estar observando atentamente la sabana durante días y días detectaron como Kaggen regresaba cada tarde de la espesura con manchas doradas en los dedos y una sonrisa radiante. Así que Una mañana, los cazadores siguieron sigilosamente el rastro de perfume a cera y polen que la Mantis dejaba a su paso y la siguieron en total silencio. Cuando llegaron a los cañaverales y contemplaron la deslumbrante silueta del eland, la codicia nubló su juicio. Sin dudarlo, afilaron sus flechas de hueso, rodearon al noble antílope y, con certera puntería, apagaron la vida de la más amada creación de |Kaggen.
Cuando la Mantis regresó tarareando, con un nuevo panal rebosante de miel en las manos, se topó con el suelo empapado de rocío rojo. No había cantos, ni aliento, ni la mirada cálida de su criatura; solo quedaban huellas apuradas que se alejaban hacia el campamento de los cazadores suricatos. El llanto de |Kaggen fue un lamento seco que quebró la tranquilidad de la tarde. Furioso, siguió el rastro de los cazadores hasta encontrarlos junto al fuego, ya desollando la carne y repartiendo la grasa del eland.
Ciego de ira, |Kaggen intentó luchar contra ellos, pero los cazadores eran muchos y estaban armados con el poder del animal que habían consumido. Burlándose del dolor de la Mantis, lo empujaron contra la bilis del eland, un fluido amargo y oscuro que salpicó sobre las rocas. En ese instante de humillación, el sol se desplomó detrás de las dunas rojas y la nada se cerró sobre la llanura. La oscuridad se volvió tan asfixiante que los mismos cazadores gritaron de miedo, incapaces de distinguir a sus hermanos de los depredadores que acechaban en las sombras.
A tientas, humillado y desconsolado en medio de la negrura absoluta, |Kaggen tanteó el polvo con sus largas patas hasta encontrar algo familiar: una de sus viejas sandalias de piel, empapada con el polvo rojizo de la tierra y la esencia de su querido animal. La sostuvo contra su pecho y, comprendiendo que ni siquiera los culpables merecían morir congelados en una noche sin fin, tomó impulso con todo el dolor y la magia que le quedaban en el alma.
Lanzó la sandalia con fuerza descomunal hacia lo más alto de la bóveda celeste. Al romper el aire helado, el cuero reseco no cayó; se infló de resplandor blanco y comenzó a destilar una luz fría, suave y compasiva sobre la tierra. Así nació la Luna. Y dicen los ancianos que si la miras con atención cuando está llena, todavía puedes distinguir la silueta oscura y polvorienta de la suela de la sandalia de |Kaggen, velando para que las criaturas del mundo encuentren siempre el camino de regreso a casa.
792. El narrador griego
2026/09/08
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en los albores de la Grecia antigua , un ciego que recorría los caminos polvorientos de la antigua Grecia contando historias que nadie más podía contar. Vestía harapos de tela áspera, cargaba un báculo de olivo silvestre que le servia de tercera pierna y apretaba contra el pecho una tosca lira de cuatro cuerdas. Nadie conocía su origen ni la tierra de la que procedía, pero su voz poseía una resonancia que parecía conmover las piedras mismas del camino y además tenía una cadencia que producia respeto en cada una de sus historia.
Dondequiera que llegaba con su lira una multitud se congregaba —junto al fuego de una taberna de marineros, o en los olivares de las tierras o en los palacios de los señores micénicos—, el anciano callaba las risas de todos aquellos que tomaban vino con solo rasguear una cuerda.
De su memoria prodigiosa brotaban dos cantos monumentales que nadie en el mundo había oído jamás con semejante precisión. Primero iniciaba con la Ilíada: donde contaba la furia devastadora de Aquiles, o el retumbar de los carros de guerra contra las murallas de Ilión , o el duelo despiadado donde cayó Héctor a manos de Aquiles o el llanto del anciano Príamo suplicando el cadáver de su hijo en el campamento enemigo cubierto por la oscura noche. Luego, mudando con una cadencia de leyenda marina, entonaba la Odisea: donde los diez años de naufragios y astucias del rey de Ítaca era el tema cental, contaba con lujo de detalles el encuentro con el Cíclope, o el el abismo de Escila y Caribdis, o como fue el embrujo de Circe y como sucedia la vigilia solitaria de Penélope tejiendo y destejiendo su manto ante la insolencia de los pretendientes que abusaban de su casa.
Los oyentes lloraban sobrecogidos. Afirmaban que aquel contador de historias sin ojos debía de ser un emisario de los dioses olímpicos, ya que era capaz de describir cada herida, cada playa y cada plegaria como si las hubiera visto con su propia mirada.
Cuando los príncipes le preguntaban cómo llamarlo en sus crónicas, el anciano esquivaba los honores y se limitaba a pronunciar una palabra griega que definía su condición de rehén de la oscuridad y del destino errante: Hómeros, «el que no ve»
Después de muchos deambulares finalmente Llegó el invierno definitivo en una cala pedregosa de la isla de Íos. Agotado por el peso de los años y el frío que le entumecía los dedos, el anciano se recostó contra una barca varada en una playa pedregosa a esperar la muerte. Un joven que lo había seguido en silencio a lo largo de la costa cuando se percato de las penurias que acompañaban a aquel viejo se arrodilló a su lado con lágrimas en los ojos.
—Maestro —suplicó el muchacho, cubriéndolo con una piel de oveja—. Tu nombre retumbará hasta el fin de los siglos. Has llevado tus historias hasta lo más profundo de nuestras almas y haz colmado la memoria con el orgullo de nuestra tierra. Dime antes de partir: ¿qué dios te dictó tanta gloria? ¿Cómo pudiste recordar con tanta verdad la caída de Troya y el regreso de los héroes?
El viejo soltó una risa seca, que se quebraba con el carraspeo que produce la sal del mar cuando llega a la garganta. Levantó las manos temblorosas hacia su rostro marcado por las arrugas, acarició las viejas cicatrices de su piel y negó con la cabeza.
—Te he de confesar que No he inventado nada, muchacho —susurró con su último aliento, mientras una sonrisa indescifrable asomaba a sus labios—. No soy ningún vidente engendrado por las Musas ni soy un adivino. Vengo de la misma Ítaca cuya sangre y lágrimas he narrado en mis historia. Los dioses me condenaron a no muy lentamente y me llevaron perder la vista y a vagar por la tierra con otro nombre, pagando mi última y más cruel penitencia: tener que contarle a los hombres mis propios dolores una y otra vez, habiéndome convertido en mi propio mito.
El anciano cerró los párpados y exhaló el último suspiro. Cuando el joven levantó la mirada, vio la cicatriz imborrable del colmillo de jabalí la misma que alguna vez había sido descubierta por la criada Euriclea y que ahora era claramente visible en el muslo del aquel narrador de historias que todos conocían. Allí en aquel instante cuando moria el joven comprendió, petrificado, que el mendigo ciego al que Grecia llamaba Homero no era otro más que el mismísimo Odiseo.
791. El Farero
2026/09/05
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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo alto de un peñasco azotado por el viento del norte, un faro que había sido construido hace cientos de anos y si bien el faro estaba ubicado lejos de un pueblo todos en el pueblo sabían que ese faro servia para guiar a los barcos durante las noches oscura de niebla densa como era común en aquellas épocas. Todos en el pueblo también sabían que el encargado del faro era un hombre llamado Moreo. En el pueblo realmente no tenían mucho contacto con el farero pero todos reconocían que era un hombre amable en el trato. Pero nadie absolutamente nadie lo había ido a visitar al faro ya que estaba bastante lejos para ir allí y por que Moreo no le permitía a nadie entrar en la propiedad del faro.
Moreo como buen encargado del faro sabía que todas los días tenía que subir los ciento ochenta escalores en caracol para llegar al tope de aquel faro y encender la linterna que llevaría la luz a los barcos perdidos.
Su rutina era muy simple. Durante la mañana subia con un balde de vinagre y agua y un cepillo. Una vez allí tomaba el cepillo y mojandolo en el balde comenzaba a recorrer meticulosamente los vidrios del faro haciendo que después de unas 2 horas estos espejos brillaran como si fuera oro Luego bajaba a la base del faro y esperaba que se comenzara a oscurecer para subir presuroso y encender las bombillas que hacían de fuente para la luz del faro. Luego sonreía y se sentaba en el borde del faro a otear la oscuridad.
En las noches de niebla espesa, cuando las olas rugían contra los arrecifes con la fuerza de bestias ciegas, el haz dorado del faro cortaba la negrura y guiaba a los navíos perdidos de vuelta a casa. Todos en el pueblo sabían que Moreo esta allí siempre al frente de aquel faro y se sentían agradecidos de que el siempre estaba alerta. Pero realmente nadie conocía a Moreo y nadie recordaba desde hacia cuando este estaba encargado del faro. Pero si sabían algo Su devoción era absoluta: no bajaba al mercado, no recibía visitas y realmente no sabían de que se alimentaba pero nunca parecía necesitar nada.
Una noche de tormenta atroz, con relámpagos que partían el cielo en dos, el viejo sintió esa noche era realmente especial. Decidido a presenciar una noche especial subio hasta lo alto y aferrado a la barandilla con dedos decididos comenzó a mirar el oscuro océano que tenía al frente. Sus ojos experimentados alcanzaban a ver una caravana de luces de barcos que seguramente se dirigían al sur y que el sabía que estarían observando la luz del faro para así orientarse sabiendo que los faron siempre son la guía de el buen camino. Mirando hacia abajo podía ver como el mar embravecido hacia mover las luces de aquellos barcos de arriba abajo, pero algo le llamo la atención. vio algo insólito: a lo lejos, entre la bruma marina se había disipado abruptamente y la luna llena había aparecido de repente. Toda la oscuridad se habia vuelto luz y podía ver las siluetas de aquello barcos. No eran barcos mercantes ni goletas de pesca. Cuando se acercaron pudo ver que eran barcos semidestrozados y que realmente estaban surgiendo del mar y no navegando el mar. Eran Una inmensa flota de carabelas fantasmales, con cascos podridos y velas hechas jirones, que avanzaban en fila hacia la orilla.
Moreo comprendió finalmente que estaba pasando y recordó las palabras de su jefe en día que lo envió a cuidar aquel faro abandonado que nadie nunca recordaba quien lo había construido. Esto había sucedido hacia más de 500 anos y el había sido su cuidador desde el primer día. Su jefe le había dicho. Moreo te encargo de la más fantástica herramienta para mis propósitos. Cuidadala y usala constantemente .
Moreo sonrio de alivio por haber cumplido su misión . Giró el mecanismo para enfocar la luz directamente hacia las rocas más afiladas y traicioneras de la costa. Las naves espectrales no buscaban puerto: eran los restos de todos los barcos que él mismo había hundido siglo tras siglo atrayéndolos a la trampa que el diablo mismo había preparado y del cual Moreo había sido su ejecutor.
Las almas que el mar se había robado venían finalmente a castigar al naufragador, y la tripulación sin ojos trepaba los peldaños para relevarlo en la guardia eterna.
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