1475042415
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Publicidad en podcasts en: Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Valoracion
★★★★★
5
de
7 resenas
Este podcast tiene
787 episodios
Idioma
Spanish
Fecha de creacion
2019/08/01
Ultimo episodio
2026/04/20
Duracion media
9 min.
Frecuencia de publicacion
3 dias

Descripcion

Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.

Desbloquea Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda datos de contacto por email del podcast,
oyentes y detalles de audiencia

Informacion de contacto por email

Datos de contacto directos del podcast

Oyentes

Numeros de audiencia e informacion de engagement

Detalles de audiencia

Insights del podcast

Episodios del podcast

Consulta los ultimos episodios del podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda


769. El turco (leyenda ajedrez)
2026/04/20
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez, en los confines de un reino de europeo donde la lógica y la magia se entrelazan, un artefacto que desafiaba la comprensión de los mortales y de todos aquellos que en su opinión se consideraban eruditos. Corría el año 1769 y el mundo estaba sufriendo muchos cambios tecnológicos.  Este artefacto por su parte no era una simple máquina, Esta tenía una apariencia extraña, Era básicamente una cabina de madera y sobre ella había un maniquí vestido con túnicas otomanas y turbante sentado frente a un tablero de ajedrez. Todo esto revestido de un aura de misticismo que le daba mayor atractivo. Era finalmente una  entidad conocida en las cortes imperiales como El Autómata de Ébano y Relojería. Se decía que el inventor, un alquimista de la mecánica llamado Von Kempelen, había forjado al "Turco" fundiendo el metal de espadas caídas en batalla y madera de árboles que solo crecían en el centro de laberintos olvidados. Todo tenía un mensaje tecnológico de alto nivel pero al mismo tiempo algo surrealista ya que el ser de madera permanecía sentado, impasible, con sus ojos de vidrio fijos en un tablero de escaques que parecía absorber la luz de las velas mientras sus manos se movían con mucha destreza para mover las fichas.  La leyenda cuenta que el Turco no jugaba por gloria, sino por almas de ingenio. Cuando un retador se sentaba frente a él, el aire de la habitación se volvía denso, como si el tiempo se ralentizara. Si como parte del espectáculo alguien presente insistía en conocer como trabajaba aquella maravilla tecnológica, El dueño con muchas tranquilidad simplemente se acercaba a una de las pequeñas puertas y jalando una simple manija lograba abrir las puertas del gabinete inferior y allí para sorpresa de los asistentes, los espectadores solo veían un caos de engranajes dorados, y cables de plata que giraban en un baile infinito. Era pues la quintaescencia de la tecnología    Pero había algo inquietante: el sonido. No era el tic-tac de un reloj común, sino un latido rítmico, un bum-bum metálico que vibraba en el suelo de mármol. Un día dicen los que saben que en 1809 Napoleon Bonaparte que había conquistado medio mundo se presentó ante el autómata en su palacio de Viena.  El General, acostumbrado a que los hombres temblaran ante su presencia, intentó engañar a la máquina con un movimiento prohibido, una jugada que violaba las leyes sagradas del tablero. El Turco no se inmutó. Sus dedos de madera crujieron y, con un movimiento tan fluido que parecía carne y hueso, devolvió la pieza a su lugar. El General insistió, desafiando la voluntad del artefacto. En ese momento, los ojos de vidrio del Turco brillaron con un fuego azulado; de un manotazo, barrió el ejército de marfil del General, declarando el fin del duelo. El conquistador comprendió que no se enfrentaba a resortes, sino a una conciencia mecánica que custodiaba la justicia del juego. Acto seguido comprendiendo Napoleon que el Turco requería jugar como los cánones de el ajedrez manda decidio corregir su actitud y jugar una partida legal siguiendo las reglas. Se dicd que Napoleon Perdió la partida y no quiso continuar jugando.  Por la curiosidad y la habladuría de la gente se decía en las tabernas que Von Kempelen no había construido una máquina, sino un portal mágico. Se rumoraba que el interior del gabinete era más grande por dentro que por fuera, un espacio plegado donde habitaba el espíritu maligno de un antiguo maestro de ajedrez, un hombre que había renunciado a su cuerpo para vivir eternamente entre las 64 casillas, moviendo los hilos de la máquina desde una dimensión de espejos. Lo que nadie podía asegurar porque era el secreto mejor
768. La confesión (leyenda Irlanda)
2026/04/16
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez, en lo profundo de irlanda un monasterio de piedras grises y silencios profundos, un joven novicio cuyo espíritu era tan ligero como el aire y que tenía en su mirada una gran tristeza.. Un día cualquiera una sombra se cernió sobre él en forma de una extraña fiebre que le arrebataba el aliento día tras día. Al sentir que el hilo de su vida se tensaba hasta casi romperse, el joven sintió un peso más amargo que la enfermedad: el deseo de entregar sus faltas al Abad, su guía espiritual quien lo había acogido en el monasterio y lo había llevado a la vida religiosa. Pero cuando el muchacho busco a su mentor se dio cuenta que el Abad se encontraba lejos, cruzando bosques y valles en un viaje necesario.  El novicio, viendo que la muerte ya rondaba su celda, no tuvo más remedio que susurrar sus secretos al Prior, quien escuchó con compasión antes de que el joven partiera hacia el reino de lo invisible. Esa misma noche, a leguas de distancia, el Abad que iba de camino hacia otro monasterio descansaba en una humilde posada del camino. De pronto sintió una presencia misterioza, el aire de la habitación se volvió gélido y una luz pálida, como de luna filtrada por el agua, comenzó a danzar en la oscuridad . Para su sorpresa y Ante su cama, surgió la figura etérea del novicio. No era una sombra de terror, sino un alma en vilo, con los ojos cargados de una urgencia ancestral. —Padre —suplicó el espíritu con una voz que parecía un eco lejano—, no puedo cruzar el umbral sin que vuestros oídos reciban mi confesión. El Abad, que en su sabiduría sabía que los límites entre los mundos son a veces tan finos como un pergamino, asintió con serenidad aunque todavía no entendía bien lo que estaba sucediendo.  —Gustoso te escuchare hijo mío. Cuéntame tus pecados. Entonces, el joven comenzó a relatar sus pecados. Por cada palabra de arrepentimiento, el espíritu derramaba lágrimas que no eran de este mundo; eran gotas de luz y de dolor que parecían traspasar la distancia entre los vivos y los muertos, cayendo directamente sobre el pecho del Abad. El peso de aquel llanto era real, cálido y abrumador. Y el Abad sentía que su pupilo realmente estaba arrepentido de mucho de su pasado.   Después de escucharlo el Abad le dio la absolución y su bendicion —Me alejo con tu bendición, padre —dijo finalmente el espectro, con el rostro ahora iluminado por una paz divina—. Solo ahora puedo salvarme. Con un suspiro que apagó la vela de la habitación, el espíritu se desvaneció. El Abad despertó de golpe, con el corazón latiendo con fuerza. "¿Habrá sido un truco de mi mente cansada?",Estaba durmiendo y tuve este sueño extraño. se preguntó. Trato de levantarse de la cama pero sus cansados musculos demoraron en responderle. Con un acto reflejo se llevo la mano al pecho, notó que su hábito de lana estaba empapado, humedecido por un llanto que ninguna pesadilla podría haber inventado. Ya todo le parecía más extraño, pero continuo su viaje. Días después, al regresar al monasterio, el Abad encontró a la comunidad de luto. Con el corazón compungido, buscó al Prior y le relató la increíble visión de la posada, temiendo que se tratara de un engaño de las sombras. El Prior, tras escucharlo, palideció y guardó un largo silencio antes de responder: —No dudes más, Padre Abad. Pues la aparición fue tan real como el sol que nos alumbra. Aquella misma noche, antes de exhalar su último aliento, el joven me confesó sus faltas en el mismo modo, con el mismo dolor y en el exacto orden en que vuestra merced las ha escuchado en sueño, pero claramente note que el deseaba sinceramente confesarse con usted.  Y así fue como en el monasterio se supo que el
767. La Catedral y el Arquitecto (Leyenda Alemana)
2026/04/13
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez en la antigua ciudad de Colonia un hombre llamado Gerardo. Gerardo no era un hombre cualquiera en ese momento.  Por allá a mediados del siglo XIII Colonia era una ciudad en pleno apogeo, pero no tenía una catedral como las que se estaban construyendo en otras ciudades europeas. El arzobispo Hochtaden tenía una ambición muy especial y quería colocar a Colonia entre las grandes. Así que con el pretexto de albergar los huesos de los tres reyes magos. Reliquias  que habían sido adquiridos por el anterior arzobispo de la ciudad.  Las reliquias eran tan importantes que se justificaba la construcción de una catedral para exhibirlas. Así que el Arzobispo Hochtaden se puso en la labor de convocar a la comunidad para iniciar la obra.  Para ello fue contratado un arquitecto que nadie conocía y del cual no se sabía casi nada. Este arquitecto se llamaba Gerardo Von rile. Y así en el año 1248 de la era cristiana el joven arquitecto se encargo de la mayor obra de construcción de la época. La ambición del arzobispo Hochtaden exigía tener la más alta de las catedrales en existencia.  Y así en una mañana bajo el cielo gris de la Alemania medieval, iniciaba obras bajo la presión de construir algo de tal tamaño que nada rivalizara con ella. Era de tal magnitud el proyecto que se consideraba simplemente una locura.  Y el arquitecto Gerardo comenzó al pasar el tiempo a comprender que no había ninguna duda de que el no podría terminar la catedral en vida. Y esto lo estaba llevando a la locura. Por mucho que contratara obreros el tiempo no se acortaba ya que siempre había miles de elementos a tener en cuanta.  Gerardo pasaba las noches frente a sus pergaminos, pero los cálculos no cuadraban y el tiempo se le escapaba entre los dedos como arena del Rin y la presión de parte del representante de la iglesia lo hacia insoportable.  Sin embargo, una tarde, mientras Gerardo caminaba desesperado por la ribera del río, un extraño apareció de la nada. Vestía con elegancia, pero sus ojos tenían el brillo de las brasas que no se apagan. El hombre se acercó decididamente a Gerardo y sin saludar siquiera le dijo al arquitecto.  —¿Por qué sufres, Maestro? —si yo tengo la solución para ti —. Se que te preocupa y tengo una propuesta. Una propuesta…. Dijo el maestro arquitecto. Que puedes ofrecerme si mis preocupaciones van más allá de lo imaginable.  El misterioso hombre solo sonrio y le dijo.  Yo puedo terminar tu catedral muy rapidamente. Antes de que termine el año , los pináculos tocarán el cielo y un arroyo de agua fresca llegará desde las montañas hasta el portal. Gerardo, nublado por la ambición, soltó una carcajada amarga: —Eso es imposible para un hombre. —Para un hombre, sí —respondió el extraño, revelando su verdadera identidad con una sonrisa gélida—. Pero para mí no. Solo pido una cosa a cambio: tu alma. Creyendo que el Diablo jamás ganaría tal apuesta, Gerardo firmó el contrato con su propia sangre. Y todo comenzó así. Gerardo guardo celosamente el pacto y esperanzado de ver algún día terminada su obra supervisaba el avance de las obras. Noche a noche el ruido de martillazos rítmicos llenaban la oscuridad de colonia y al día siguiente Gerardo podía constatar que las paredes y las torres iban creciendo. No entendía como esto estaba sucediendo pero cada que se Se oían martillazos rítmicos que hacían temblar la tierra Gerardo se sonreía pensando el la fama y gloria que tendría en toda Europa. . Gerardo, desde su ventana, veía con horror cómo las torres subían y subían, desafiando la gravedad a la velocidad del rayo. Y en la ciudad un rumor, algunos decían que la única forma de que aquella catedran se estuv
766. Ivashko y la Bruja (Infantil Rusia)
2026/04/12
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Habia una vez en lo profundo de la antigua rusia un niño muy listo llamado .Ivashko. Ivashko era vivía con sus abuelos en una región cercana a un gran lago. . Un día se levanto muy temprano ya que se sentía muy aventurero y acercándose a su abuelo le pidió que le hicieran una canoa para ir a pescar al lago. Su abuelo  que era un hábil fabricante le hizo la canoa durante casi todo el día, así que cuando ya era la tarde se apresto a salir a pescar. Pero en el mismo momento que iba a salir de su casa la abuela le — "Ivashko, cuando te llame para comer esta noche mientras estas pescando , fíjate bien en mi voz. Si oyes una voz suave y dulce, soy yo. Pero te digo que si Si oyes una voz ronca y fuerte, ¡es la bruja!" Ignórala y sigue pescando. Aquel día no paso nada especial y cuando  ya estaba oscuro oyo un voz diciendo "¡Ivashko, Ivashko! Ven a la orilla, te traigo comida y bebida". El niño, siguiendo las instrucciones de su abuela reconoció la dulzura de su voz y remando llego a la orilla y de allí tomo los pescados que había cogido y camino hasta la casa, donde lo esperaba una rica comida LPero lo que no sabía el muchacho es que la bruja, que lo vigilaba todo, veía como el muchacho pasaba largas horas en su canoa casi todos los días y que en la noche su abuela lo llamaba a comer. Como buena bruja que era decidio que lo iba a atrapar para comérselo. Así que siguiendo el mismo procedimiento de la anciana mujer  Fue hasta la orilla y con su voz cavernosa grito  "¡IVASHKO, VEN A COMER!". El niño inmediatamente recordó las palabras de su abuela días más tarde así que riendo se dijo a si mismo: — "¡Esa no es mi abuela! Esa voz es gruesa y fea". Yo no voy a caer en esa trampa y menos después de ser advertido. Así que siguió pescando hasta que su abuela real lo llamo y el salió hasta la orilla.  Frustrada, la bruja al ver como aquel muchacho no había sido engañado decidio ir con el herrero y le ordenó: "Tu herrero necesito que forjes un artefacto que me permita emitir sonidos dulces y finos así cuando yo hable sonara como una melodía de una venerable anciana. El herrero que le temia mucho a la vieja bruja obedecio y después de varios días de trabajo finalmente obtuvo el dispositivo que le pedia la bruja. La bruja regresó al lago y usando el dispositivo sobre su boca llamo de nuevo al muchacho diciendo IVASHKO, VEN A COMER!". pero esta vez la voz emitida era casi perfectamente igual a la de la abuela del muchacho.  Tan perfecta que el muchacho cayó en la trampa. En cuanto se acercó a la orilla, De detrás de una roca salió la bruja y atrapándola por la espalda lo metió en un saco y se lo llevó a su cabaña. Al llegar a su casa, la bruja que vivía con una hija llamada Alenka que también era bruja  se apresto a mostrarle a su hija lo que tenía. Luego le dijo  Enciende el horno, tuesta a a este muchacho y cuando regrese del bosque, nos lo comeremos". Alenka  obediente prendio el horno y saco algunos condimentos. Luego se acercó al muchacho que se encontraba muy asustado y le dijo — "Venga, niño, acuéstate en la tapa del horno y estiras la piernas.. Ivashko, sabiendo lo que venía, puso una pierna arriba y otra abajo, estirándose de forma que no cabía por la boca del horno. — "No sé cómo hacerlo, Alenka. Enséñame tú cómo hay que ponerse". La hija de la bruja que podía ser muy bruja pero que no era muy inteligente decidio demostrarle al muchacho lo que tenía que hacer así que se acostó en la tapa del horno para darle el ejemplo de como debía el hacerlo.  Y allí mientras le demostraba al muchacho como acostarse y no subir las peiernas ,¡Ivashko se acercó y con todas sus fuerza la empujó dentro del horno y cerró
765. El caballo y el León (Infantil)
2026/04/08
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez un caballo valiente, pero quizás un poco imprudente, que decidió que el establo de su granja era demasiado pequeño para sus ambiciones y además tenía sueños de grandeza ya que se creía un rey. Aburrido de estar en un establo pensó que el podría escaparse.  Aprovechando un descuido del granjero, saltó la cerca y galopó hacia el horizonte, sintiendo por primera vez el viento de la libertad absoluta. Sin embargo, a medida que se alejaba de aquella granja donde había pasado toda la vida  se dio cuenta que su camino lo llevó más allá de los pastizales  y que estaba entrando en la espesura del bosque, el territorio sagrado del león, aunque obviamente el no lo sabía.  De repente, entre los arbustos y los arboles de gran magnitud , emergió una figura imponente de melena dorada. Era el Leon. Para el Leon también fue una gran sorpresa ver el caballo.  El león, que rara vez veía humanos y mucho menos a sus bestias de carga, se detuvo en seco, intrigado. — ¿Quién eres tú que te atreves a trotar por mis dominios? —rugió el león con una voz que hizo temblar las hojas de los árboles.  El caballo, aunque por dentro temblaba como una hoja, recordó que en la granja siempre lo llamaban "el campeón" y que todos los habitantes de aquella granja le daban zanahoria y azúcar como si fuera alguien muy especial,  Enderezó el cuello y con la voz profunda de caballo  respondió con firmeza: — Soy el Rey de los Animales. El león que siempre se había creido y reconocido como el Rey de los Animales,  soltó una carcajada que espantó a los pájaros cercanos. — ¡Qué atrevimiento! Te voy a decir una cosa. No se quien eres, de donde vienes o quien te ha dicho eso, pero debes saber que Yo soy el único y verdadero rey. Y no porque yo lo diga sino porque soy el más fuerte. Y por esta razón todos los animales me temen. Así que  Si no quieres que te devore ahora mismo, tendrás que demostrarlo o devolverte por el mismo camino.  Te voy a demostrar que fuerte soy yo y porque todos me temen El león señaló una roca gris y maciza que yacía en el suelo. — Mira bien —dijo el león. Se acercó a la roca, tensó sus poderosos músculos y la golpeó con una de sus garras delanteras con todas sus fuerzas. El golpe fue seco, y la piedra  se rajo con las unas de aquel leon y se partio en dos. Como puedes ver soy muy fuerte y mis uñas pueden abrir una roca en dos. Imaginate lo que le puedo hacer a un animal que me este molestando.  El caballo vio su oportunidad. De tanto vivir en la granja había visto muchas cosas y había aprendido otras tantas. El Sabía algo que el león, en su vida salvaje, desconocía por completo. — Así que con un voz su superioridad le dijo al Leon….. Eso que has hecho es nada comparado con mis poderes. Dime a que le tienes el mayor temor. Cual es tu miedo más profundo.  El leon que ya empezaba a enojarse le contesto. Yo? Yo no le tengo miedo a nada…. El caballo le dijo. Pues yo creo que si hay algo a lo que le debes temer.  Si a que Respondió el Leon ya perdiendo la paciencia.  Pues al fuego… Todos los animales le tememos al fuego, excepto yo, ya que soy el dueño del fuego en el mundo.  El leon contesto. Pues no te creo nadie es dueño del fuego. El fuego solo es controlado por los dioses y los hombres. Ningun animal puede producirlo. Hazte a un lado —dijo el caballo con aire de suficiencia—. Mira lo que hace un verdadero rey. El caballo se dio la vuelta, dándole la espalda a la roca y al león. Sus patas traseras estaban equipadas con herraduras de acero bien forjadas. Con un relincho de guerra, lanzó una coz doble. ¡CLANC! El metal de las herraduras chocó violentamente contra la p
764. La Botella
2026/04/06
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez tres pescadores que había salido temprano a probar suerte con el mar.  Mientras estaban recogiendo las redes, uno de ellos noto un objeto de vidrio sobre los peces que habian atrapado. El objeto ciertamente debía ser basura arrastrada por las mareas, pero algo curioso les llamo la atención. La botella que arrastraan en sus redes tenía un corcho, más o menos puesto a la carrera. Esto si les llamo la atención. Así que uno de ellos se acercó a la red y recogio y abrio la botella.  Había dentro de la  botella un papel, y en el papel unas palabras escritas a mano y con caligráfia muy delicada.  “¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta y llevo varios días y la comida se me esta acabando.. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí! Y el que lea esto me podrá salvar.  Uno de los pescadores miro el papel con detenimiento y dijo Como se podrán dar cuenta no tiene fecha. Posiblemente ya es tarde y esta botella debió estar flotando en el mar por mucho tiempo. Es inútil pensar que podemos salvar a alguien que posiblemente ya murió.  El segundo pescador un poco más reflexivo dijo. Yo veo que el problema es que no esta indicado el lugar donde esta esa isla. Es Claro que no podremos nunca saber donde específicamente se escuentra este naufrago. Olvidemos de esto y sigamos pescando.  El tercer pescador que permanecia callado se sintió conmovido por la escena de un hombre o mujer alejado de todo y tratando de subsistir sus últimos días, tan desesperado o desesperada que tiro una botella al mar con la esperanza de que alguien la recogiera. Pero allí le surgio su propia duda producto de sus lecturas de filosofía.  si esto no fuera más que una prueba del destino.  La frase socorro estoy aquí. Le parecio muy profunda  que dijo. Ja ….La isla aquí esta en todos lados.  El sol se ocultaba tras el horizonte, tiñendo el mar de un color cobre espeso. Los tres pescadores permanecían inmóviles en la cubierta, con la pequeña nota arrugada pasando de mano en mano como si quemara. La frase del tercer pescador —"La isla somos nosotros. Aquí' está en todos lados"— seguía vibrando en el aire, más pesada que el ancla que acababan de levar. Esa noche, ninguno de los tres pudo dormir. El silencio en el camarote era absoluto, pero en sus mentes, el grito de papel no dejaba de sonar. El primer pescador, el pragmático, cerraba los ojos y veía calendarios deshojándose bajo el agua. Pensaba en su propio padre, que murió esperando que el precio del pescado subiera para jubilarse. "¿Acaso no fue él un náufrago del tiempo?", se preguntó.El segundo pescador, el cartógrafo de lo concreto, buscaba coordenadas en el techo de madera. Pensaba en su esposa, que vivía en la casa de al lado pero a la que no le dirigía una palabra profunda desde hacía años. "¿En qué océano está ella?", murmuró para sí mismo.El tercer pescador, el de la verdad incómoda, simplemente miraba la botella vacía sobre la mesa. Sabía que no se trataba de un hombre en una isla, sino de la condición humana de estar solo en todo un mundo.Al amanecer, el barco no regresó al puerto como estaba previsto. Sin decir una palabra, el primer pescador tomó el timón. No buscaban una isla con palmeras, sino que buscaban romper el aislamiento que llevaban a bordo. Cocinaron juntos, no por hambre, sino por el placer de compartir el fuego. Hablaron de sus miedos, no por queja, sino por la necesidad de ser escuchados. De repente, la "Isla Aquí" empezó a hacerse más pequeña. La urgencia del mensaje —"¡Dense prisa!"— ya no parecía referirse a un rescate marítimo, sino a la brevedad de la vida misma.
763. La tentación y el Pecado
2026/04/04
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez un centro de ancianos que tenía dos inquilinos muy particulares. En aquel hospicio, donde el aire huele a lavanda rancia y a tiempo inexorablemente detenido, vivían dos personales  que  como cosa curiosa no figuraban en los registros oficiales: Estos eran  La Tentación y El Pecado. Ellos se habian acomodado plácidamente en la habitación 402 y desde allí salían a visitar asiduamente a los demás inquilinos.  Su habitación estaba estratégicamente ubicada, era al final del pasillo y desde allí podían ver claramente quien entraba y quien salia de las habitaciones. No había forma de evitar que estos dos se percataran de los menesteres de los viejos habitantes.  La Tentación era una mujer de elegancia marchita. Vestía un camisón de seda que alguna vez fue blanco y que ahora ya se veía curtido por el tiempo. La tentación solía salir de su habitación y sin que nadie se diera cuenta se sentaba al borde de las camas de aquellos que ya estaban moribundos, lo hacia  no para ofrecerles el cielo a cambio de su arrepentimiento. No ella se acercaba a ellos para recordarles el sabor de un vino que no debieron beber o el nombre de un amante que no les pertenecía y de todas aquellas situaciones en las que la prudencia o el simple miedo evitaron que algo hubiera sucedido con consecuencias terribles. Ella se acercaba a los oídos del moribundo y le susurraba: "¿Y si lo hubieras hecho?". El Pecado, por otro lado, era un hombre robusto de hombros caídos, cargando una maleta pesada que quien la tratara de abrir pensaría que llevaba piedras. La verdad es que nunca nadie pudo saber que había dentro de esa maleta y el por su cuenta se aseguraba de nunca abrirla .Su comportamiento era bien diferente. El podía entrar en la mente y el alma de los moribundos sin que ellos mismos se dieran cuenta y como si fuera un sentencia les decía  "ya es tarde". Y en silencio se sentaba a ver la reacción de pavor que estas palabras producían en los últimos momentos de la vida.  Por su parte la pareja de la habitación 402  tenian un relación igualmente particular. Su relación era la de un viejo matrimonio que ya no se ama, pero que no sabe existir por separado. Eran dos lados de una misma moneda que siempre giraba y parecía una sola. Su rutina diaria les daba el alimento y la satisfacción para continuar allí día a día.  Por las mañanas ambos se levantaban y dirigiéndose a las habitaciones de los otros habitantes   Desayunaban los remordimientos de los enfermeros que robaban medicinas, sabiendo que uno lo hacían por ella y otros sufrían el peso impuesto por el. Por las tardes: se dedicaban a escuchar cuales eran los pronósticos de vida de los inquilinos para el siguiente día y se sentaban juiciosamente a preparar los planes de trabajo para la noche. Por las noches: Salían a trabajar muy atentos a cada una de las señales de los aparatos de monitoreo. Aquella tarde en particular la tentación dijo . Mira "Ayer casi convenzo al viejo del 305 de maldecir a su hija," presumía la Tentación, limándose las uñas. Yo creo que si le hubiera hecho un poco más de esfuerzo hubiera sucedido. Pero no importa porque se de fuente confiable que todavía tiene varios días más aquí.  El pecado simplemente se sonrió y con voz aquella voz suave que solo el pecado tiene le dijo "Llegas tarde,". "Yo ya me instalé en su pecho hace una semana. Y he de decirte que  No necesita maldecir a nadie ya que yo estoy allí presente y no le deja dormir desde entonces. No te preocupes por el.  Y así transcurrían los días en aquel hospicio. Pero algo inesperado sucedió un martes.  Un martes, llegó un hombre llamado J
762. Simón de Cirene
2026/04/01
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez un hombre de hombros anchos y manos ásperas llamado Simón. Simon Venía de las tierras de Cirene, donde el sol quema la arena y el viento huele a sal. Aquel día, Simón solo tenía un deseo en el corazón: atravesar las murallas de aquella ciudad, comprar algo de grano y regresar a su posada para sacudirse el polvo del camino. Pero el aire en la ciudad era distinto; pesaba como el plomo y en el ambiente de la ciudad se sentía que algo enorme estaba sucediento. Pero el venia solo a comprar algunas cosas y marcharse lo antes posible.. Simón caminaba con paso firme estaba obviamente  ajeno a las intrigas de los palacios y a los gritos de los templos, no pretendía ni siquiera pasar por la plaza principal de aquella ciudad, estaba siguiendo un grupo de personas aunque no sabía hacia donde se dirigían, . De pronto, el flujo de la gente que iban delante de el se detuvo. Un muro de escudos romanos le impidió el paso. Parado allí en el borde mismo de aquella angosta calle de la ciudad el podía sentir que algunos de los presentes producían un estruendo de insultos, pero luego pudo escuchar que algunas mujeres lloraban con una tristeza que era difícil de ignorar. Su mirada se dirigió hacia donde provenían los llantos y finalmente lo vio. vio aparecer a un hombre semi desnudo. Un hombre que caminaba lentamente cargando un madero  como si llevara el peso del mundo sobre el.  Aquel hombre no parecía un rey, aunque llevaba una corona de espinas que le hería la frente. Sus rodillas flaquearon frente a Simon y, con un estruendo seco, el pesado madero que cargaba golpeó las piedras de la calle. El condenado ya no podía más. De prono Simon vio como Un centurión de mirada fría comenzó a recorrer con sus ojos la multitud que se encontraban en el borde de aquella callejuela. El Centurion No buscaba piedad ni compasión. El buscaba fuerza. Sus ojos se clavaron en los hombros y la contextura de Simón. —¡Tú! —rugió el soldado, señalándolo con el guantelete de hierro—. Levanta el madero y ayuda a este hombre. Carga con esto. Simón sintió una punzada de rabia. ¿Por qué yo?, pensó. Él era un forastero, un hombre libre que nada debía a los romanos ni a aquel reo. Pero el brillo de las lanzas que rodeaban aquel centurión y aquel hombre en el suelo  no admitía réplicas. Con un gruñido de resignación, Simón se acercó y metió su hombro bajo la madera astillada. En el momento en que el peso de la cruz se transfirió a su espalda, ocurrió algo extraño. Simón esperaba el dolor físico, pero lo que sintió fue un vuelco en el alma. Como si una fuerza especial lo hubiera tocado desde lo más profundo de su ser. Al levantar la mirada, sus ojos se cruzaron con los de Jesús. No encontró quejas  en esa mirada, solo había  una gratitud tan profunda que Simón olvidó su cansancio su rabia inicial ya no importaba  su propósito de estar allí en la ciudad su destino estaba ligado a aquel hombre y a aquella cruz Y con el peso de aquel madero comenzó a ayudar a aquel hombre a caminar. A medida que subían la cuesta del Gólgota, el mundo alrededor pareció desvanecerse. Ya no escuchaba los insultos de la turba. Solo escuchaba el ritmo de sus propios pasos y la respiración fatigada del hombre que caminaba a su lado. Y algo profundo había sucedido en su interior. Simón, que al principio sentía que debía cargar  el madero por obligación, ahora lo sujetaba con fuerza, como si quisiera llevarse él solo todo el dolor para que el otro pudiera caminar un poco más erguido. Su sacrificio ya no era algo insoportable era algo que  sentía glorioso. Cuando finalmente llegaron a la cima de la colina, los soldados le ordenaron retirarse. Simón soltó la cruz, per
761. La caña (India)
2026/03/25
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez un reino ubicado en un valle enmarcado por las cumbres nevadas del norte de la India. Este reino tenía una prosperidad inigualable. Sus mercados rebosaban de sedas finas, especias que perfumaban el aire a kilómetros de distancia y piedras preciosas que destellaban bajo el sol llevando la clara señal de riqueza. El monarca de aquellas tierras había gobernado con mano firme durante décadas, acumulando tesoros en bóvedas tan profundas que ni la luz del día las alcanzaba y las cuales el solamente podía ver y disfrutar. . Sin embargo, el tiempo es el único ladrón al que un rey no puede decapitar, y el soberano había alcanzado ya una edad muy avanzada. Su cuerpo estaba frágil y sus manos, otrora fuertes, ahora temblaban bajo el peso de sus anillos de oro. Un día, sintiendo el aliento de la mortalidad en la nuca, mandó llamar a un yogui. Este ermitaño vivía en lo más profundo del bosque, cubierto apenas por un taparrabos, alimentándose de raíces y dedicado a la meditación silenciosa cuando recibió el requerimiento de aquel monarca se alisto a visitarlo. Cuando el místico entró al deslumbrante salón del trono, el contraste era absoluto: la serenidad desnuda de su ser frente a la opulencia temerosa de aquel hombre sentado en aquellos ricos aposentos.  El rey, tosiendo levemente, tomó una larga caña de bambú pulida y se la extendió. —Hombre piadoso —dijo el monarca con voz ronca—, he odio que tu eres uno de los hombres más sabios y bondadosos de mi reino. Por eso te he mandado llamar.  tu soberano te impone una misión. Toma esta caña de bambú y recorre cada rincón de mis dominios. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, cruzarás los desiertos, te adentrarás en las selvas y caminarás de aldea en aldea. Observa con atención a mis súbditos. Cuando encuentres a la persona que, a tus ojos, sea la más tonta y necia de este mundo, deberás entregarle esta caña como símbolo de su suprema estupidez así el resto del reino se podrá librar de aquel tonto y no habrá riesgo que por azares de la vida este tonto llegue a dirigir mi reino.  El yogui lo miró con ojos profundos y compasivos. Hizo una leve inclinación de cabeza y respondió con voz suave pero firme: —Aunque mi espíritu no reconoce a otro rey que a mi verdadero yo interior, mi señor, habré de hacer lo que me pides para complacerte. Me pondré en camino antes de que caiga el sol. El asceta tomó la caña y partió raudo. Durante meses, sus pies descalzos levantaron el polvo de todos los caminos de la India. Soportó los calores abrasadores y las lluvias torrenciales del monzón. En los bazares, vio a comerciantes engañando a sus clientes por unas pocas monedas de cobre; en las calles, vio a jóvenes apostando su futuro en juegos de dados; en los campos, vio a hombres peleando a muerte por un palmo de tierra estéril, todos ellos los consideraba seres que podrían ser considerados tonto, pero aún no había visto a todos así que no podría juzgar si alguien seria el más tonto de todos.  Conoció mucha ignorancia, avaricia y vanidad. Sin embargo, a los ojos del sabio, ninguno de ellos era el "más tonto". Sus errores nacían de la necesidad, del hambre o de pasiones pasajeras. Siempre había una chispa de humanidad en su torpeza. Así que el yogui conservó la caña. Casi un año después, decidió regresar a la capital. Al cruzar las imponentes puertas de la muralla, notó un silencio lúgubre. No había música en las calles. Al llegar al palacio, encontró un caos de cortesanos llorando y sirvientes corriendo despavoridos. El monarca había caído gravemente enfermo y el aire olía a incienso pesado y a medicinas inútiles. El yogui corrió hasta los aposentos reales. Los médicos más sabios del reino, derrot
760. Los Fisonomistas
2026/03/23
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez un grupo de personas que se llamaban a si misma fisonomistas. Estos hombres había dedicado miles de anos a tratar de identificar el alma de una persona a partir de su fisonomía y sus expresiones. Para lograrlo necesitaban llegar muy alto y para eso idearon un pla que pensaban seria infalible. De esta manera en una llanura desolada, los fisonomistas trazaron los planos de su mayor obsesión. Habían pasado siglos estudiando la inclinación de una ceja y la curva de un labio, pero eso ya no les bastaba; querían escalar los cielos para irrumpir en el archivo secreto del alma humana y leer sus verdades absolutas. .Sabian o inferían que el lo alto del cielo había un archivo de donde vendrían todas las almas humanas y que allí existirían una serie de reglas que determinarían que alma iría a quien en la humanidad.  Para lograr llegar a este archivo deberían comenzaron a erigir una torre inmensa, no con ladrillos comunes, sino con bloques de piedra tallados con la forma de todos los rostros humanos imaginables. Así que en aquella torre habría  Rostros de furia, de éxtasis, de melancolía, de amor de duda y obviamente  de terror fTodos estos bloques y muchos más formaban las paredes de aquella estructura colosal que rasgaría el techo de nubes. Lo que ellos pensaban o intuían era que En el cenit absoluto, casi tocando el manto negro del espacio, flotaba el alma de origen. El alma de origen Era de por si una entidad de pura lógica, fría y geométrica como un diamante. Cuando esta alma de origen miro  hacia abajo, sonrió con una mueca de superioridad. Conocía la historia y sus ciclos. Sabía que la mente humana es frágil frente a la inmensidad y preveía que, antes de que el monumento de rostros alcanzara un cuarto de su altura, la discordia estallaría entro los constructores y sus trabajadores. Lo sabía ya que el alma de cada uno de ellos provenia de ella misma y sabía sus fortalezas y sus debilidades. Además preveía que . Los idiomas de los albañiles se convertirían en un balbuceo caótico y que debido a esto , el cemento se secaría en las bateas, las piedras no encajarían y las reclamaciones haría evidente que la torre quedaría como un grotesco recordatorio de la arrogancia mortal. Y el alma razonable no se equivocaba. Al llegar a la capa donde nacen las tormentas, las lenguas se enredaron y con ella las intenciones de cada uno de los participantes cambiaban constantemente. . El arquitecto gritaba órdenes en un idioma de sílabas rotas, y los canteros respondían con gruñidos y cantos incomprensibles que adicionaban más caos a la ya difícil tarea.  El resultado rápidamente se vio.  los andamios comenzaron a crujir y la obra se detuvo. El alma original que presenciaba todo esto solo  cerró los ojos y con razón se sintio satisfecha con su propio pronóstico. Pero en ese instante de silencio inminente, algo intervino. No fue el colapso, sino el genio de los dioses. Apareció como un viento cálido y dorado, una deidad juguetona a la que le aburría profundamente la tiranía de la lógica. Al genio le pareció una lástima que tanto esfuerzo, que tantos rostros tallados con tanto anhelo, quedaran reducidos a escombros por culpa de la simple matemática del fracaso. Así que el genio descendió volando en espiral alrededor de la torre y sopló su aliento divino sobre la piedra. El milagro fue inmediato. Los miles de rostros tallados en los muros abrieron los ojos. Las bocas de granito y mármol se separaron y, al unísono, comenzaron a cantar. No cantaban en los idiomas confundidos de los albañiles, sino en la lengua primigenia de las estrellas, un idioma que no requiere palabras, sino resonancias.Y allí estaba el milagro cuando miles de
759. El Guando (Leyenda Colombia)
2026/03/21
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez, cuando la niebla del campo aún tejía los secretos del mundo y los ríos susurraban conjuros antiguos, existió un hombre cuyo corazón no latía con sangre, sino con polvo y oro. Era un ser sombrío, terco y tan avaro que parecía haberle robado la luz a su propia mirada. Mientras los aldeanos compartían el pan y las penas, él cerraba sus puertas a cal y canto. Si los más humildes acudían a su umbral, suplicando unas monedas para darle un adiós digno a un vecino caído, él los echaba con una sentencia que pronto se convertiría en su propia maldición: "Yo no le debo nada a nadie, y menos voy a cargar con mortecinos. El día que mi aliento se apague, tírenme al río o a un zanjón para que los gallinazos hagan un festín conmigo". Aquellas palabras, cargadas de desprecio, quedaron flotando en el viento como un oscuro presagio. Y como el destino siempre cobra las promesas que se lanzan al viento, la muerte llegó por el desalmado. Se lo llevó en el más profundo de los silencios, en una habitación fría, sin el tibio consuelo de una lágrima, ni el eco de una sola oración que guiara su alma en la oscuridad. Sin embargo, los campesinos, cuyas almas estaban hechas de luz y compasión, se negaron a cumplir su cruel voluntad. Juntaron sus escasas monedas, trenzaron madera y bejucos, y construyeron un lecho fúnebre: El Guando. Pero al intentar levantar el cuerpo, la magia oscura de sus malas acciones se manifestó. El difunto pesaba como si albergara en su interior todas las rocas de las montañas. No era el peso de la carne, era el peso aplastante de un alma vacía de amor. Tuvieron que hacer relevos cuadra a cuadra, sudando frío bajo una carga sobrenatural, tratando de llevarlo hasta el camposanto. El clímax de esta lúgubre travesía los alcanzó al llegar al viejo puente de madera que cruzaba el río. Al dar el primer paso sobre las tablas, el aire se volvió de hielo y pareciera que aquel cauce de agua que pasaba junto al pueblo estuviera reclamando aquel cuerpo odioso. El peso del difunto se multiplicó de forma monstruosa, como si el rio lo llamara desde su profundidad, mientras el cortejo de campesinos hacían un gran esfuerzo por sostenerlo.  Pero unos cuantos pasos más adelante ya sobre lo más alto de aquel viejo puente Las cuerdas del Guando se reventaron como hilos de telaraña. El golpe contra el puente fue tan devastador que la madera estalló en mil pedazos. Con un rugido ensordecedor, las aguas enfurecidas del río se abrieron como las fauces de una bestia antigua y se tragaron el cuerpo en un solo instante. Los hombres, despavoridos, buscaron entre la espuma y la corriente, pero el río había borrado cualquier rastro del avaro y su camilla. Se había cumplido su propia profecía. Desde aquella noche trágica, el avaro no encontró el descanso, sino que se convirtió en prisionero de la bruma. Hoy en día, su espíritu deambula como una aparición fantasmagórica, una sombra condenada a revivir su propio entierro. Cuentan que este espanto va acompañado de cuatro personas, que generalmente son los cargueros del muerto. Aparece a la orilla del camino, a la orilla de un río, cerca de un pantano o entre el bosque.    Las apariciones de este macabro espectáculo en la mayoría de las veces conmueve, no sólo por creer que en realidad llevan al difunto o  por ir los familiares acompañándolo, sino por el murmullo coral del rezo del Rosario y la Misa por su alma. Quienes caminan de noche, especialmente en la víspera del Día de los Difuntos, suelen paralizarse de terror cuando el viento les trae el escalofriante sonido de madera crujiendo y lazos restallando en un compás eterno e hipnótico: "ch
758. El abogado del diablo
2026/03/18
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez una abogado llamado Roberto Cifuentes, su oficina quedaba en el piso 50, el último piso  del rascacielos más imponente de la ciudad,  y realmente esta oficina estaba diseñada para intimidar. Todo era cristal frío, acero pulido y sombras meticulosamente calculadas para que todo el que entrara allí sintiera el peso del poder de las leyes del pais. Pero las cosas no iban bien últimamente. Hace meses y debido a algunos casos de gran renombre que había perdido, sus clientes habian disminuido y el no sabía como recuperar la confianza de su clientela.   A las 11:42 p.m. de un martes lluvioso, las luces parpadearon y la temperatura descendió bruscamente. Un espeso olor a azufre y a promesas podridas inundó la oficina. Del centro de una espiral de humo negro emergió Lucifer. Llevaba un traje de seda oscura que parecía absorber la poca luz del lugar, y sus ojos brillaban con la confianza de quien lleva milenios invicto persiguiendo incautos o cobrando almas. —Roberto Cifuentes —resonó la voz del diablo, vibrando en los ventanales—. He seguido tu carrera. Tu crueldad en los juzgados es... inspiradora. Veo que últimamente tienes muchas dificultades en los juzgados pero hoy he venido a ofrecerte la cúspide de tus ambiciones. El diablo deslizó sobre el escritorio de caoba un pergamino antiguo, de bordes carbonizados, escrito con una tinta que parecía latir. —A cambio de la insignificancia de tu alma inmortal —continuó el señor de las tinieblas, apoyando las manos en el escritorio—, te garantizo que vas a ganar cada litigio, vas a  aplastar a cada rival y vas a  acumular una riqueza que ofendería a los mismísimos dioses. Solo requiero una gota de tu sangre en la línea punteada. Roberto no se inmutó. No llamó a seguridad ni retrocedió. Simplemente suspiró, se ajustó sus pesadas gafas de carey, tomó un abrecartas de plata y levantó el pergamino por una esquina, como si sostuviera un pañuelo sucio. Leyó el documento en silencio durante un minuto completo. —Lucifer, siéntate, por favor. Me estás ensuciando la alfombra con esa ceniza que traes en tu ropa—dijo el abogado, señalando una silla de cuero frente a él—. Pero dime ¿Quién diablos te redactó esta atrocidad? El diablo parpadeó, desconcertado. Se dejó caer lentamente en la silla. —Es... es el Pacto de Fausto. Edición revisada del siglo XVI. Ha funcionado sin problemas durante cientos de años... —Te han estado robando, amigo mío —le interrumpió Roberto, sacando un bolígrafo rojo de oro macizo y empezando a tachar furiosamente el antiguo pergamino—. Este documento es un desastre jurídico. Si firmas esto con el humano equivocado, te dejan en la calle. Permíteme ilustrarte: ·       Aqui hay una gran Ambigüedad en la "Cesión Eterna" del contrato: El término "alma" no está definido bajo los estándares internacionales de propiedad intelectual o bienes raíces metafísicos. Un buen abogado argumentaría que el alma es un activo intangible y, por lo tanto, sujeto a depreciación. ·       La Cláusula de Jurisdicción es ciertamente  Invalida: Estableces el Inframundo como sede para la resolución de disputas. Eso viola los tratados de arbitraje de la Convención de Nueva York. Cualquier juez terrenal anularía el contrato por asimetría y coacción. ·       Además hay una Ausencia de Protección de Datos: No veo ninguna cláusula sobre el tratamiento de mi historial de pecados. Con las nuevas leyes de privacidad, exponerte a una auditoría celestial por mal manejo de datos personales te costaría la mitad del purgatorio en multas. El diablo abrió la boca para hablar, pero de ella solo salió un pequeño hilo de humo gris. Su imponente aura se desva
757. El truco
2026/03/16
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Habia una vez un Dios que como gran el Gran Arquitecto del cosmos se enfrentaba  a un dilema profuendo. Sabía que incluso Él, con todo su poder y su infinita imaginación, era incapaz de crear y conjurar un entretenimiento que no terminara aburriendo a un alma después de un millón de años. Ese era el periodo mínimo que muchas almas pasarían en su paraís. Aquel Paraíso, con sus nubes de algodón y arpas doradas, inevitablemente se volvería el lugar más monótono del universo ya que en el deambular de todas las almas siempre esta el deseo de cambio en algún momento. Ese cambio que rejuvenece y muchas veces le da razón a la existencia.  Por otro lado, al mirar hacia el Abismo, a aquel lugar que disenaria y construiría para que las almas no justas vivieran y aprendieran sus lección tenía sus propios retos. El tenía un corazón compasivo y un  sentido de la justicia que le determinaba cada uno de sus actos.  Cómo podría condenar a los frágiles humanos —seres de vidas tan cortas y mentes tan limitadas— a un fuego perpetuo. Como podría el un ser omnipotente y omnipresente permitir que un débil humano con solo escasos anos de experiencia de vida recibiera  un castigo infinito por un pecado finito  por el simple hecho de romper alguna leyes que no eran de ninguna manera a prueba de fallas. Todo su diseño tenía un grave defecto. Por pequeño que fuera el castigo Simplemente rompía las leyes de la balanza cósmica; incluso el roce de una espina, multiplicado por la eternidad, se volvería una tortura insoportable y que más decir de aquel castigo que tiene que ver con fuego y maltrato físico. El entendía que el infierno era simplemente ilógico e irracional.  Así que, con un chasquido de sus dedos de luz, el Creador diseñó un gran truco de magia. Se dice que forjó dos reinos mágicos exactamente iguales. Exactamente iguales donde . El Cielo y el Inframundo fueron esculpidos con la misma piedra suave, llenos de jardines tranquilos, brisas con la temperatura perfecta y un confort absoluto para el descanso eterno.  Por esta razón en el Infierno no habria lagos de lava ni demonios; apenas una cómoda ambientación  donde nada duele y nada molesta. Todo bien definido y claro para que las almas que allí llegaran como castigo se pudieran acomodar plácidamente. Los prados, las salas de estar y las habitaciones serian pulcramente diseñadas para que no generaran nunca en toda la eternidad ni el más mínimo desconfort. Pero si así era el infierno como seria su contraparte. . En el Cielo, los prados serian iguales, las salas de estar y las habitaciones iguales a las del inframundo. No habría nada, absolutamente nada que las diferenciara de las de el mundo de abajo  Pero  para aquellos que no fueran Dios, esto es una gran inquietud. Si los dos son exactamente igual de acogedores y pulcros para sus futuros habitantes ¿dónde reside la condena y dónde está la gloria? El  truco estaba no en el lugar y más bien dentro de aquellos que vivirían en los 2 lugares supuestamente antagónicos. La magia la puso en la mente de los habitantes, tejiendo un velo de ilusión sobre ambos reinos. A los desterrados y castigado para ir al Inframundo les implantó un espejismo en la memoria: les hizo creer que arriba, en el cielo, se está celebrando el banquete más espectacular y delicioso de la eternidad, que todos allí viven en plenitud con todos los aspectos de su vida haciendo parte de un eterno festin de actividades gloriosas. Que la música celestial los acompañaría constantemente y que la presencia de Dios estaría allí para llenarlos con plenitud, casi como si los ángeles fueran parte de un coro celestial y un grupo encargado de el entretenimiento constante.  . Y así, cómodamente sen
756. Alectrión (Mito Grecia)
2026/03/14
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Había una vez en el mundo de la antigua Grecia un dios que nacio pequeño y feo. Eso en los estándares de los dioses griegos era inimaginable y su madre Hera O juno en Roma cuando lo vio se sintió horrorizada. Por lo que impulsada por la estética decidio apartarlo de si vista y de su vida. Así que lo arrojo desde el olimpo hacia el mar. El dios llamado Hefesto o Vulcano en Roma, cayo desde las alturas del olimpo rodando hasta llegar mal herido a las orillas del mar. Allí fue rescatado por las nereidas que lo llevaron a las profundidades del mar. De la caída el resultado fue aún más lamentable Hefesto termino siendo cojo y tullido con dificultades en la cadera para caminar. Pero escondido en las profundidades aprendió un  oficio único. Se convirtió en un maestro de la forja de metales. Uno como nunca había existidos antes.  Pero a medida que forjaba grandes obras en metal, crecía su rencor hacia su madre que lo había traicionado, así que decidio vengarse de una manera genial. Preparo un trono de oro macizo con una maestría que dejaría a todos los dioses sin aliento. Y se lo envió a su madre Hera. Ella al ver el trono se sentó inmediatamente. E inmediatamente un artilugio se disparó atrapando con cadenas a Hera en el trono. No había poder divino que pudiera liberarla.  Zeus o júpiter para los romanos se presentó inmediatamente y vio como su esposa estaba atada a aquel trono y por mucho que trato de zafarla fue imposible, así que envió un emisario a suplicar a Hefesto que la liberara. Este solo dijo. Dile a Zeus que solo la liberare si puedo volver al olimpo y si me da como esposa a la más bella diosa. La diosa afrodita, venus para los romanos.  En ese momento había una gran disputa alrededor de Afrodita ya que Ares, marte para los humanos y Apolo se disputaban el amor de Afrodita.  Cuando Zeus escucho la propuesta de Hefesto vio una oportunidad de matar 2 pájaros de un solo tiro. Terminaría con la disputa entre los dos dioses. Y liberaría a su mujer Hera. Así que concedió a Hefesto la mano de Afrodita.  Pero ahí comenzó una gran tragedia con resultados insospechados.  Afrodita se caso con el más feo y deforme de los Dioses y claramente no estaba muy feliz. Además su ojos estaban puestos sobre el dios Ares o Marte y  pese a que Vulcano o Hefesto adoraba a su esposa y le fabricaba constantemente las más exquisitas joyas, ella buscaba la compañía de Marte para utilizar el tiempo de las noches.    Ares era un ser fogoso, así que complacía a la bella afrodita cuando vulcano permanecía trabajando en su taller.  Pero siempre estaba el peligro de ser sorprendidos. Así que Ares decidio utilizar los servicios de uno de los mortales que el conocía y que era reconocido por su discreción. Su nombre era Alectrion. Este muchacho era totalmente confiable y servicial. Así que alectrion se convirtió en el confidente de los encuentros más peligrosos del Olimpo.  Cada noche, cuando las sombras se alargaban, Ares  se escabullía hacia el palacio de  afrodita  la diosa de la belleza, aprovechando que su esposo, el laborioso  Hefesto o Vulcano, se encontraba sudando en las fraguas subterráneas del Etna. Ares  que no temía a los ejércitos pero sí al ridículo, siempre llevaba a Alectrión consigo. Su orden era clara: —"Quédate en el umbral, muchacho. No cierres los ojos. En cuanto veas el primer hilo de luz de la corona de el sol tirado por apolo  avísame. Si él nos ve, el chisme llegará a oídos de Vulcano antes de que yo pueda calzarme las sandalias". Alectrión asentía con orgullo. Durante muchas lunas, cumplió su promesa. Se mantenía firme, con la mano en el pomo de la espada, observando cómo las estrellas giraban lentamente
755. El abuelo y el relojero (Praga)
2026/03/11
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez [email protected] Habia una vez un relojero  llamado Elias En las callejas empedradas de la Praga eterna, donde la niebla parece estar hecha de hilos de plata, vivía aquel maestro relojero y todos lo conocían por su buen talante y su habilidad para reparar relojes.  el taller de Elias no olía a aceite y metal, sino a ayer. El aire era espeso, cargado con el aroma de las tardes de verano de 1920 y los inviernos de siglos pasados. Elias no reparaba relojes; él curaba la memoria del mundo. Pero lo qu pocos sabían era que No era un simple relojero; era un coleccionista de suspiros. En su taller, el tiempo no corría, se mecía lentamente como abanicado por una aire suave.  Cada tic-tac era el latido de un recuerdo atrapado en engranajes de latón y oro. Una noche de lluvia dorada, la joven Anna entró al taller. Elias conocía bien a aquella nina que había entrado infinidad de veces a su taller acompañando a su abuelo, un viejo amigo. Anna  Traía consigo un reloj de bolsillo que parecía haber muerto de frío. Pertenecía a su abuelo, un cuentacuentos que había partido de este mundo hace algunas semanas y que ella todavía extrañaba profundamente.  Cuando Anna entró con el reloj de su abuelo, el taller guardó silencio. Todos los péndulos se detuvieron un instante, reconociendo a un herido de muerte. Aquel reloj de bolsillo posiblemente no tenía los muelles rotos; simplemente tenía el alma anudada. Al morir el abuelo, el reloj había decidido parar definitivamente para no vivir en un presente donde su dueño era solo un recuerdo. El maestro relojero le dijo a la nina.  Regresa a tu casa y vuelve mañana en la tarde. Te tendré listo el reloj para cuando regreses.  Cuando la nina salió Elias hizo una pequeña mueca que denotaba total preocupación .  comprendió que la lógica no serviría en este caso tan especial.  Elias paso toda la noche desensamblando paciente y delicadamente aquel reloj. Durante la madrugada, el maestro tomó un pequeño frasco de cristal que contenía una luz azulada: Este era algo mágico. Ya que contenía su propio primer recuerdo de niño. Era la sensación de la luz del sol sobre su rostro cuando aún vivían sus padres. Con manos temblorosas, vertió esa luz en el escape del reloj de Anna e inmediatamente este reloj comenzó a moverse. Elias comprendió que iba por buen camino pero el reloj se paro de nuevo y Elias comprendió que No necesitaba pinzas, sino una ofrenda. Recordo las palabras de la nina la tarde anterior cuando con voz dulce pero triste dijo entre susurros —Se detuvo cuando él exhaló su último aliento —sollozó Anna—.  Tu conocías muy bien a mi abuelo y sabrás que Sus historias, sus graciosos  viajes, sus fantasías han desaparecido. Todo se ha quedado mudo. Elias que a duras penas podía aguantar su propia tristeza al recordar a su amigo dejo caer una lagrima sobre su su lupa de cristal de luna y luego tratando de componer su interior se acercó a aquel reloj  ya que de nuevo debía encontrar porque no funcionaba. Pero esta vez  no buscó piezas rotas. Buscaba algo más profundo, buscaba una herida imperceptible. De todos es sabido que los relojes mágicos no se rompen por el uso, sino por el peso del silencio. El mecanismo estaba congelado por el dolor; los engranajes se negaban a girar en un mundo donde su dueño ya no respiraba. Durante toda la noche, bajo la luz de una vela que nunca se consumía, Elias trabajó. Sabía que para despertar a un corazón mecánico que se ha rendido, se necesita una chispa de vida verdadera. En un acto de generosidad suprema, el viejo maestro abrió su propio reloj del alma y extrajo su recuerdo más brillante: el aroma de la comida preparada por su madre y el calor de las

Resenas del podcast

Lee las Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda resenas del podcast


5 de 5
7 resenas

Patrocinio y publicidad en podcasts

Empieza a anunciarte en Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda y patrocina podcasts con audiencia relevante


Que quieres promocionar?